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SimCity

12/02/2003

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Llega a tanto este asunto de los juegos electrónicos que hasta existe uno en el que todo consiste en aprender a ser un buen alcalde. Bien mirado, mejor es esta osadía municipal, que no llenar las mentes de nuestros adolescentes de variables infinitas sobre la violencia. Así lo observé mirando una estantería de juegos electrónicos. En ellos se enseña a atropellar peatones, a robar casas, destruir poblados, atracar bancos y cualquier otra barbaridad que genere los suficientes efectos multicolores. Los juegos electrónicos son nuestros comics de la adolescencia. Nosotros teníamos imágenes y texto y aunque también teníamos violencia, en muchos de ellos brillaba el arte y el ingenio. Lo observarán quienes se acerquen a ver la maravillosa película de Fresser sobre Mortadelo y Filemón. Y además, la violencia no era tan gratuita como ahora, ni tan sádica y variada. Injusta sí, sobre todo por simplista y alienante, -había demasiada morofobia-, pero sin embargo no se concebía como un fin en sí misma, sino con efectos malformativos para nuestra mente que el tiempo y el raciocinio fue destrozando.

Pero ahora, en estos juegos electrónicos modernos, la violencia es simplemente un deporte, una diversión, un sueño de músculos y armatostes sofisticados. Está llena de luces fosforescentes que se trasladan al cerebro como un fluido persistente. Me da la sensación de que la causa justa o injusta que exista sobre todo acto violento ahora queda enterrada por un sinfín de efectos llamativos, ultraelectrónicos, de una última generación cibernética que pronto se queda vieja. Da igual quién peleé y porqué, lo importante es que lleve en su cuerpo cientos de armas hiperdestructivas. La honra, la justicia o la defensa como elementos que justifiquen la violencia, han desaparecido. El mensaje que llega con este mural de juegos electrónicos es que la violencia y la guerra son un juego en sí mismas, y así quizá muchos jóvenes entiendan también como un juego de alta tecnología las guerras reales, como por ejemplo la que se aproxima en Irak. Cuando llegue muchos estarán más pendientes de la tecnología militar de si la causa del conflicto merece que despegue la muerte.

Por eso me ha encantado ver, entre tanto fuego para adolescentes, un juego que enseña a ser alcalde, el SimCity 4. La simulación consiste en meterse en la piel del regidor y organizar y gobernar una ciudad. Es un ejemplo de buena instrucción con las modernas tecnologías. Me imagino que muchos jóvenes estarán aprendiendo, en ese juego, que no es buena cosa pasar de la política, porque al final, es ella quien decide sus vidas.

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