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Animales

20/03/2005

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Nos cuenta Jeremy Rifkin que en la Universidad de Purdue, en USA, han descubierto que los cerdos tienen sentimientos humanos. Los pobres gorrinos sufren, ríen, les encanta el cariño y el juego, se deprimen en pocilgas inhumanas y necesitan estímulos positivos para ser felices, como los niños. Rifkin, uno de los pensadores que más ha estudiado en el empleo y en las costumbres los efectos de las dos revoluciones vigentes –la de la información y la de la biotecnología-, cree que somos unos verdaderos tiranos con los animales. Cree que desde una soberbia tribal injustificable pensamos que todo el objetivo de la creación es nuestro real disfrute de la naturaleza. Y aunque la ciencia nos ha ido descubriendo que no somos el centro del universo, ni de la vida animal, pensamos que la hierba crece para adornar nuestros jardines y que los mares se mueven exclusivamente para que nuestros ojos puedan extasiarse ante una inmensa belleza.

Nuestra osadía se tipifica en que muchos piensen –y casi todos deseemos- que existimos al margen de la cadena evolutiva de la tierra, que estamos hechos de una materia diferente, seguramente forjada en la herrería sideral de un dios que nos hizo a su imagen y semejanza. Pero resulta, ¡ay!, que la crueldad de la ciencia no deja de bajarnos del pedestal. El primate que mira de frente, como decían los griegos al humano, lleva dentro el virus del deseo de conocimiento. Y éste, cada vez más, nos clava en la tierra como cualquiera de las raíces que nacen de ella siguiendo el dictado de la naturaleza. Y así, resulta que las ratas tienen emociones idénticas a las nuestras –también liberan dopamina-; que los elefantes velan a sus muertos; que existen gorilas con coeficientes de 95 –ya lo quisieran algunos- y que los cerdos, los pobres cerdos, disfrutan con sus juguetes, sienten tensión, afecto, emoción, e incluso amor.

Quizá, en el futuro, una sociedad más humana que la nuestra contemplará en sus normas los derechos de los animales. Porque si Dios existe, y es sólo bondad, como dicen, hubo de irradiarla igualmente a todo ser vivo. Quizá más a los cerdos, por aquello de que los últimos serán los primeros.

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