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Furtivos

29/12/2004

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Se conocieron en una noche inolvidable. Él tenía en su mente versos infinitos de Rimbaud, imágenes que hablaban de cielos grises de cristal y sueños de caricias en los bosques más oscuros. Paseaba solo por el paseo del parque con el invierno metido hasta los riñones. Los contornos nocturnos de los árboles le parecían perfiles de incipientes seres extraterrestres. En su soledad, bajo la noche, creía que nunca encontraría a alguien con quién sentir cómo dos cuerpos se vuelven uno destapando los mágicos misterios del deseo. Por eso se bebía su propia tristeza como si fuese una caña de bruma servida en la tasca del tiempo. Y pensaba, mirando las baldosas rotas del parque, que si Tácito dijo que servíamos al tiempo él sólo podía sentir que servía a su propia tristeza. Entonces se sentó en un viejo banco, acurrucado, esperando que las horas caídas le llevaran al lecho incierto de su propia soledad.

Y él, que también había estado paseando por otro lado del parque, estaba sentado en otro banco cercano. La áspera noche le recordaba versos oscuros de Rilke (ah, me he despertado colmado de dulzura (…) en el temblor de una noche de luna). En su corazón germinaba el hastío y quería llenarse la mente de palabras bellas. Quería olvidar el sobresalto de su diferencia. Deseaba esconderse en la sombra y que no amaneciera nunca. Y así, pronto reparó en que alguien (quizá tan solitario como él) le estaba mirando desde un banco cercano. La noche tenía, silente, un enorme peligro en los ojos.

Enseguida supieron que se amarían para siempre. Los unió un amor vasto, intacto, vivo, templado, dulce, diferente, casi infinito… Un amor al que los sacerdotes de un dios facha y lejano negaron la diaria convivencia volviéndolo delincuente y miserable. Y nunca pudieron gozar de los favores de un amor luminoso. Jamás pudieron salir a la plaza para gritar que se amaban. Tuvieron que perderse por las alcantarillas de un amor oscuro, en un matrimonio furtivo.

Los conocí hace mucho tiempo. Ya no están aquí, se fueron adonde dicen que habitan las almas. Desgraciadamente, el próximo lunes no escucharán en el telediario cómo el ejecutivo aprueba el proyecto de ley para los matrimonios gays. Ellos jamás soñaron que la legalización de su unión pudiera suceder algún día. Su amor fue delincuente, herido por los demás, pero casi perfecto. Eran muy buena gente… Tanto que creo el mismísimo Cristo les habría bendecido a pesar de la Conferencia Episcopal.

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