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Por derecho

14/07/2004

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Estos últimos días, quizá para descontaminarme de la vida, solo leo prensa deportiva. Bueno, sigo comprando el Mundo, pero sólo leo las páginas de deportes. Es como si deseara que las vacaciones fueran una desconexión absoluta. Probablemente sólo pueda aguantar una semana sin saber qué pasa en el mundo, pero ahora, en esta mañana fresca de julio sólo me interesan los esperpentos de Lopera, el palizón que le ha dado Florentino a Sanz o las machadas de Camacho frente a los sublimes galácticos que parecen de mantequilla con tanto glamour y dinero. El otro día, el viril Camacho los puso a correr sin descanso, y cuando los niños mimados de la época comenzaron a poner gesto de enfado él se desgañitó diciéndoles a gritos: “¡Hay que correr!, ¡hay que correr!...” Y como observó que algún blandengue se preguntaba por la razón de la paliza, le dijo: “¿Qué para qué hay que correr? Para cobrar…”. Cuenta El Mundo que entonces los jugadores dieron un sprint y lanzaron múltiples carcajadas.

Camacho, en esta hora de enredos, es diáfano. A mí me gusta la gente clara, la que huye del engaño para ganar o para no perder, la que dice lo que siente o calla sin pretender por ello que le den el Nobel de la sinceridad. Así como Javier Ortiz en la prensa es cristalino como el agua de la montaña, Camacho lo es en el deporte, y sólo alguien tan auténtico pudo dejar plantado al Madrid de Lorenzo Sanz porque las cosas no venían de frente sino atajando con triquiñuelas y añagazas. En este tiempo en el que prima la charlatanería, como diría Baroja, me gusta la gente clara, la que se muestra como es sin que ello sea ingenuidad, la que tiene principios sin caer en integrismos o fanatismos, la que esposa su dignidad a las muñecas y cree, como también decía Baroja, que la mejor frase del evangelio es aquella que dice que por sus hechos los conoceréis.

Ante la irrefrenable prostitución de las palabras que vivimos, ya sea en los medios o en la vida real, me gusta la gente que mantiene La Palabra, con mayúsculas, y sobre todo, la que la respeta. Existen tantos vendedores de peines, tantos charlatanes de verbena en nuestra escenografía diaria, que cuando uno escucha palabras sin doble sentido o ideas sin ensamblajes retorcidos, se le amansa la angustia de un alma que se pierde por los semáforos. Camacho es la muerte del eufemismo. Camacho es el destierro del cinismo. Porque tanto uno como otro están bien en las citas literarias, pero en la vida son como revólveres desenfundados. Siempre dejan muertos en el barro.

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