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Sirenas de humo

15/01/1997

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Hoy hace exactamente un mes que fumé mi último cigarrrillo. En este instante en el que la luz azul del ordenador brilla en mi viejo y ahumado Festina, treinta y un días, dos horas, cinco minutos y un segundo. Llevo una contabilidad casi centesimal. En fin, hace un mes que esa niebla bogartiana no inunda mi cuarto de soledades; un mes que no he sido un precoz Carrillo chimeneico o un manantial de zorreras al que evitan los amigos de buenas narices, como aquellas de los Guermantes. Después de veinte años fumando, casi purificado, ya siento cómo se desholliniza mi esófago y huyen de mis bronquios históricos tiznajos de nicotina, esa calígine negra adherida a mis pulmones. Yo era un consumidor de tres cajetillas diarias. Y rompí. Ahora me siento como Ulises después de sus victorias.

Porque ha sido un mes de cruentas batallas interiores. Amarrado al mástil de mi voluntad las sirenas del placer nicotínico me llamaban con sus dulces cantos y muchas veces me ví tentado a desatarme para nadar hacia su isla de hollín. Sentía cómo me iba desalquitranando al ver mi mesa limpia de cenizas y muñones de grasa; quería que me invadiera una bocanada de aire tóxico. Y si el oxígeno puro hubiera tenido pechera lo habría agarrado, al estilo Eastwood, para encerrarlo en las mazmorras del destierro. En brazos de la ansiedad buscaba sustitutos a ese fuliginoso placer del fumeteo: comer cacahuetes, aceitunas, patatas fritas, destrozar objetos con mis dedos, retorcerme los pelillos de la nariz y cosas por el estilo.

Cuando mi estómago gritaba por sahumarse de cachimba con más fuerza, recordaba los consejos de los clásicos: Peto, Law, Hackshaw Carrillo. Mortality in relation to smoking, era mi libro de cabecera. En las curvas altas del deseo, viéndome débil, me di cuenta de que un mayor sufrimiento atemperaría el del humo. Y por eso leía los Discursos reunidos de Cipriá Ciscar o veía la tele más cutre y moñigosa, sí, la del Mississippi.

Ha sido duro pero lo he superado. Ya no soy fumador. Veo ante mí otra vida. Soy otro hombre: una gruesa papada intestinal surge en mi barriga, ayer estilizada; soy un teleadicto masoca, un hooligan del antitabaquismo, como buen converso, cuando ayer lo era del diletantismo. Leo a Ciscar con fruición y sigo en la tele a Miguel Angel Aguilar, y escribo sonetos sin versos libres, por aquello de lo poéticamente correcto. Ya no soy yo. ¡Hasta me voy a suscribir a Canal Plus!


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