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La pertinaz sequía

04/09/1994

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En esta época que nos dibuja Lester Thurow de guerras comerciales del veintiuno, de pasiones microelectrónicas y abordajes al buen gusto, en esta época den que es más verdad cada día aquello de Plauto de que el hombre es un lobo para el hombre, existe una característica que, inexplicablemente, ha pasado desapercibida a las mentes sesudas que analizan las variables de nuestra tribu postindustrial: apenas quedan poetas, o son una especie de cédula clandestina que se reúne los viernes por la noche para cantarse unos a otros las desdichas del alma humana.

Un mundo que se queda sin poetas es como una fuente que se queda sin agua. Por lo tanto, la conclusión es evidente: la culpa de la pertinaz sequía que nos invade la tiene la ausencia de poetas. Mal pueden regar las nubes nuestros campos si nadie les canta aunque sea con liras desafinadas. Digamos que a cualquiera le gusta ser musa, y las nubes, después de tantos siglos ejerciendo, se acostumbraron al arte y ya no quieren ser simplemente unos elementos químicos en suspensión. Por eso nos visitan tan poco.

Decía Oscar Wilde que el mero hecho de haber publicado un libro de sonetos de segundo orden hace a un hombre por entero irresistible y es ese estado de presunción el único que podría mover el interés de sus secas señorías. Sin embargo, en esta pampa sin diatribas de ingenio que es el parnaso presente, ya no lucen el espíritu ni los poetas malos, que siempre, años ha, traían el agua en las fiestas patronales consiguiendo con sus cantos espúreos que el cielo tronase hasta los tuétanos.
En vista de que el gobierno no encuentra solución al problema, bueno sería que tuviéramos bardos a tope para llamarlas ora tiranas, ora diosas, ora ingratas, ora fuentes de la vida, y entonar múltiples letanías que seguro se movían a compasión y nos mandaban unas cuantas gotas de agua. Esta, seguramente, es la única solución. Y lo se de buena tinta, porque los ingenieros hidráulicos del MOPTMA -creo que se dice así-, con Borrel a la cabeza, vistos los problemas que crearían entre las diversas comunidades autónomas los trasvases norte-sur, están estudiando seriamente esta solución. Incluso, hay preparado ya un proyecto de ley que pronto va a ser debatido en el Consejo Económico y Social. Consiste en la creación de unos juegos florales anuales dedicados a las nubes, en los que, además de permitir el envío de rimas de cualquier estilo, se podrán acompañar asimismo rezos innovadores y cánticos tribales, con la única condición de que contengan la suficiente alabanza de esos seres algodonosos que ahora se nos muestran tan esquivos. Seguramente, reiniciado el curso político, Rubalcaba lo anunciará a bombo y platillo.

Siempre ha sido ésta tierra de ingenio y facilidad epopéyica y por exigentes que sean los cielos difícil será que no se ablanden ante tanta lírica que tendrán que soportar. Además, esta solución tendrá un efecto indirecto, pero interesante: será posible rescatar una especie en extinción, la de los poetas, que tal y como acosa el materialismo, el consumismo y el culturismo, y tantos otros, viene bien a la sanidad mental pública alguna que otra andanada de misticismo ya que con la ascensión a las listas de éxitos del Canto gregoriano de Silos, no fue suficiente.

No será, consecuentemente, necesaria tanta diatriba regional por quedarse cada uno con los posos de sus pantanos, ni tendremos los sureños que pedir a las enguachinadas regiones norteñas favores acuíferos, porque al final, ya se sabe, todo se cobra con intereses.

Si nuestros cantores del alma se esmeran, que lo harán, nos ha de llegar una borrasca pantagruélica. Vamos a pillar un empachón de líquido elemento; hasta puede que tengamos alguna que otra esperadísima inundación. Luego, como siempre ocurre cuando los pobres llenamos la mesa, algunos expertos -que los hay- en arrimarse el ascua a su sardina seguro que nos llamarán tragaldabas, glotones, zampapalos y tumbaollas. Que lo queremos todo para nosotros y no nos hemos conformado con el AVE, vamos. Mas será pura envidia.


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