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Indisciplina sindical

20/08/2003

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A los sindicatos, como al Real Madrid, se les rebela la tropa. Claro que la distancia entre ambas rebeliones es abismal, algo así como la que va desde la Galaxia más lejana a los frondosos olmos y moreras del paseo San Gregorio de Puertollano o los madroños sin alma de la Puerta del Sol de Madrid. Evidentemente, no son iguales los gritos de los subcontratados de Repsol que las miserables letanías de Makelele cambiando sueños hermosos por euros imposibles. Pero lo que sí está claro es que en ambos casos falla la disciplina. En un caso la deportiva y en otro la sindical y ya se sabe que tanto en la guerra como en la revolución la disciplina es indispensable. Pero hoy, pardiez, apenas se valora, sobre todo en las legiones sindicales, pues son ya varias las manifestaciones en las que en cuanto aparecen Méndez y Fidalgo se exasperan los currantes y es como si apareciesen los Guerrilleros de Cristo Rey para realizar una tocada gratuita de cataplines. Luego se forma la zapatiesta entre los que quieren rasurar a pellizcos las barbas de los jefazos sindicales y los que ponen sus cuerpos delante, como si fuesen guardaespaldas de algún presidente norteamericano.

En verdad que el asunto tiene bemoles. Ya sólo guardan disciplina al mando sindical las tropas de liberados, los militantes de las administraciones públicas y los delegados diversos. Da la sensación de que todo el tinglado sindical existe para defender a los que menos defensa necesitan. O para generar cuantiosos privilegios en los elementos representativos, muchas veces verdaderos expertos en su propia defensa. Y así, luego, cuando los cesares se ven frente a la tropa numerosa, frente al vulgo, frente a los contratos basura, frente a la indefensión laboral, se levantan los pendones proletarios pidiendo que alguien les defienda de sus propios defensores. El mundo al revés. El movimiento sindical indisciplinado, ácrata, asambleario, como si la sombra protectora del alma grande de Fidalgo fuese una ilusión, un engañabobos; y las palabras de las huestes de liberados discursos de charlatanes festeros que ya no valiesen ni una peseta.

Hay que ver. Los trabajadores están cambiando. Ya no creen en la importancia de los sindicatos. No tienen en la cabecera de la cama el poster siamés de Méndez y Fidalgo. Se está perdiendo la historia del mundo obrero. Porque en este sindicalismo moderno ya sólo creen, como decía antes, los liberados y los militantes de las administraciones públicas. Estos si que son verdaderos sindicalistas.

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