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Historia de un amor imposible

16/07/2003

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Por prescripción facultativa dejé de ver Canal Sur. Por instinto masoquista, en el fondo un vacilo inherente a todo ser vivo, al cabo no pude reprimir el deseo de coger el mando y saciar mi intoxicación con destellos imprevisibles de programas tontunos que saciaban mi sed de algo parecido a la morfina audiovisual. Mi relación tan sanitaria con el Canal se debió al hecho de que el director de este periódico me inventó una columna llamada “El sur catódico”. Luego me dijo que fuera como un microscopio y describiera los gérmenes que se iban formando en aquella basura andaluza. Me tomé el encargo con celo y diligencia. A diferencia de algunos escritores reconocidos me propuse escribir sólo de aquello sobre lo que tuviera un conocimiento exacto y profundo. También, a diferencia de otros santones mediáticos, me propuse huir del maridaje con el enemigo, la tentación elitista y la prosa evangélica. No se trataba de luchar contra las legiones de demonios mundanos que pastaban alegres por los vergeles del Canal. Sólo de luchar contra la estupidez como sistema de conocimiento.

Sé látigo de chocarreros, vacilones y capullos chismosos Manuel, me dijo el director poniendo en mi mano la pluma vengadora. Y me puse a ello, y no cejé en varios meses de visionar los más variopintos estratos de necedad que haya inventado la mente humana. Por profesionalidad, cuando con algunos de los bodrios me bailaban los ojos o la masa cerebral se volvía espongiforme, seguía en la tarea visual. Pensaba que toda profesión peligrosa ha de asumir los riesgos inherentes. Aquí eran de desprendimiento de neuronas, pero pensaba que si tenía la mente hueca, al fin, podría entender de qué narices hablaban los de la tertulia de Bravo, cuál era la gracia de los chistosos habituales o la necesidad de que los consejeros de la Junta invadieran los informativos como una manada de gansos en primavera.

Así es, me inyecté tanto esa tele, que me entró anemia neuronal. Menos mal que los médicos detectaron la causa del mal. Cientos de lavativas cerebrales y la absoluta prohibición de ver “Bravo por la amistad” consiguieron que mi cabeza se fuera recuperando. Ahora, sano, de vez en cuando, le levanto el velo a mi enemiga y veo el mismo rostro: hortera, burdo, inculto... Por eso, desde mi experiencia, alerto a la ciudadanía. Está demostrado científicamente que una larga exposición a esa cadena puede producir desprendimiento de neuronas. Este peligro deberían anunciarlo. Como en el tabaco, por ejemplo.

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