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SUICIDIO DIGITAL

14/04/2018

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Saludé con aplausos la aparición de las redes sociales, y en cuanto di en tener algo de pericia en el uso, solo generalista, no faltó mi nombre de Facebook, Twitter, Google, Instagram, etc... Como todo convencido de algo etéreo devine pronto en adalid. Recuerdo que al principio, en esa luna de miel con los bites, era polemista acérrimo con gentes que se mantuvieron a distancia. La modernidad nos marcaba como un sello de calidad a unos, y con uno de atraso a los que recelaban. Ese debate aún no ha finalizado y para mi sorpresa los distantes van enlazando argumentos que cada vez veo más sólidos.

Vaya por delante que no niego el impacto positivo de internet en el desarrollo económico, facilitando el encuentro entre la oferta y la demanda y los sistemas de pago, y tampoco en los flujos de información intelectual, y en la personal, pero donde creo han creado un caos es en lo que podemos llamar espacio personal universal. Ahí creo que ha sido crucial en favorecer las posibilidades de contacto, las tareas del viejo cartero, pero caótico en el extraño entramado de relaciones genéricas en las que desde el anonimato, o no, saltan al viento cibernético deseos ocultos, insultos sin medida, mentiras, timos, prostitución encubierta y un largo etcétera de banalidades, maldades, acosos, intromisiones y demás.

Además, después de tantos deseos humanistas, nos han convertido a los usuarios en mercancía. Se ha comprobado en el robo masivo de datos por parte de la consultora Cambridge Analytica para uso electoral. Afectó a 87 millones de usuarios y sirvió a la campaña de Donald Trump y el Brexit. Esto nos lleva a pensar sobre el uso que habrá hecho Zuckerberg, o su legión de asesores, de lo que hemos volcado en Facebook. Nuestros deseos, gustos, costumbres, amigos, trabajo, anhelos, dirección... están en manos de empresas o gentes de mentes perversas, o acosadores y acosadoras que seguro se aburren con su vida. Las empresas usarán esos datos, sin nuestro consentimiento, para sus acciones comerciales, y los acosadores o acosadoras para rellenar, pisando la intimidad de alguien, una vida vacía. En estos casos las redes son nocivas, pues al facilitarles una realidad virtual, cada día están más lejos de la realidad real.

La clave de todo esto está en regular, como en todo lo demás, para que la realización del delito no sea tan fácil.

En el caso de los múltiples acosos con nombres y apellidos la ley protege bastante al acosado, es cuestión solo de que denuncie, pero cuando el obseso o paranoico o renegado social, o lo que sea, ataca desde su cómodo anonimato a diestra y siniestra, internet facilita su plan. Por eso, con que hubiera algún tipo de comprobación sobre la identidad en la red me conformaría, y volvería quizá a mi inicial esperanza.

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