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LA REINA SIN ALMA

07/04/2018

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Decían de mi abuela que era tan buena que se quitaba la comida de la boca para dársela a los pobres. Ese era su más bello gesto de batalla contra una sociedad hambrienta e injusta. Entonces el humo de la pólvora aún contaminaba el silencio de las calles, y un trozo de pan, media libra de chocolate, una sardina de cuba o una bolsa de habas o algarrobas eran un tesoro que se guardaba en la alacena y poco a poco se iba desgastando. A ella le gustaba muchísimo la música. Por eso todos los días de agosto, al anochecer, cuando el aire lleno del polvo de las minas se mezclaba con el suspiro de las acacias, me llevaba al paseo y se sentaba conmigo en un banco, dentro de los jardines. El banco era de un hierro verde con dibujos anacrónicos. Desde allí, con el nieto adosado al estómago, escuchaba el concierto de la banda de música. Tocaban zarzuelas, y de vez en cuando alguna ópera que demostraba, según decía ella, por qué a lo nuestro se le llama género chico.

Los conciertos duraban más de dos horas y muchas veces la pobre vieja se dormía. Y el nieto, con crueldad infantil, le daba tortas en los mofletes para despertarla. Entonces ella abría los ojos pesarosos y miraba a la banda después de dar un dulce beso al niñito en la frente. Aquello que tenía en sus brazos, aquel ser tierno y latoso, inconstante y gritón, era lo que más amaba en el mundo. Solo con tenerlo cerca, acariciarlo, ser juguete de sus caprichos, era suficiente para que la vida tuviese sentido. Yo fui de esos niños que criaron las abuelas, y aunque de fama sea llamarnos malcriados, creo que tuvimos la mayor fortuna del mundo, la del amor cada día vivo entre los dedos. Cuántos niños viven hoy en día esa falta de atención y de cuidado que se les nota en los ojos. Viva el corazón de las abuelas.

Por eso me ha sentado fatal el trato de la Reina Letizia a su suegra. Ese gesto de quitarle la mano del hombro de la nieta, negar la fotografía, ponerse en medio ante el estupor de la anciana, despreciar su ternura, humillarla. El gesto supera, sin duda, muchos calificativos lamentables. Doña Letizia no está allí para ser más aristócrata que los aristócratas, sino para que una brizna, o un borbotón de aire del pueblo, se inyecte en el ADN lleno de alcanfor de palacio. Sepa la Reina que queda antipático ese rostro de hielo, esa altivez ingrata, ese desprecio a la bruma polvorienta de afuera, esa percepción de que vive más la estirpe del presente que el alma de su cuna. Doña Letizia debería reflexionar sobre la lejanía de su esfinge. Pedir perdón a la abuela (el último gesto de limpiar la parte de la frente de Leonor tras el beso es humillante). Por debajo de lo que envuelve la piel está la persona. Debajo del oropel de una Reina jubilada hay una abuela. Y eso es sagrado. Que nadie lo pise.

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