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EL ÚLTIMO SUSPIRO

10/02/2018

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Los veo moverse por la selva de pinos, acercarse heridos a un río seco mientras el atardecer huye por las montañas de la tierra agreste. La bruma del amanecer aún permanece y en el aire la pólvora de los disparos se confunde con la niebla que ha aguantado el sol débil del invierno. Alguno, herido, se pierde por caminos angostos que quizá le descubran un refugio seguro, o a lo mejor el calor de la manada, acostumbrada a refugiarse de la muerte en los recovecos más angostos de la maleza. El vaho del invierno se adhiere a las hojas recias de los alcornoques. Le da la finísima película de una piel de cristal que refulge cuando el sol vence a las nubes y forja destellos en la sombra. Los veo muertos, acumulados en filas tumultuosas, a la vera de cualquier camino o en los umbrales verdosos de las fincas, trofeos codiciados que el barro acuna, figuras con el alma de la muerte en su cuerpo tendido.

Los perros despiertan a las hadas dormidas del paisaje, quienes nada más escuchar el atronador dispendio, y el tumulto que los ensordece y espanta, se vuelven a sus cavernas frías al lado de las raíces de las encinas. Los veo ágiles, tanto como la sombra del AVE, que en un rápido zig zag cruza el valle y se pierde hacia el sur. Pero la velocidad de las balas es mayor que la de sus cuerpos, y los ejércitos de escopetas ordenadas muestran la pericia de los que conocen todos sus movimientos. Ellos saben huir, conocen el terreno, pero sus depredadores han evolucionado hasta el infinito con técnicas sorpresivas, mecánicas, infalibles y además también conocen el terreno, pues tienen la capacidad de estudiarlo antes.

Son pequeños pero en su belleza y su sensibilidad, a veces muestra de fidelidad para los humanos, contienen el inmenso milagro de la existencia. Sus raíces son más hondas en la tierra, sus vidas más innecesarias, pues están sujetas a un orden en el que han de ser reducidas. Su corazón late con el tiempo y devienen con el indicio del esperma, pero desde el principio de los tiempos fueron el necesario alimento para el estómago, y ahora, cuando los estómagos están llenos, la necesaria diana para el clamor de los fusiles.

No pretendo, ni mucho menos, decir ninguna prédica contra nadie ni contra nada. Sería abrumado con múltiples datos económicos, históricos, antropológicos. Tampoco es mi misión. La vida civilizada va evolucionando del imperio de los instintos a los sentimientos, de la brutalidad a la suavidad, del golpe a la caricia. Y tampoco sé si alguna vez, como se dice en tantas obras de ciencia ficción, el humano dejará de matar a lo que vive debajo de su jerarquía. No tengo ni idea. Solo deseo escribir de ellos hoy, jueves, cuando finaliza la temporada y muchos habrán dado, bajo el eco de los montes, la paz de las encinas y el sudor de niebla, su último suspiro.

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