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DETRÁS DEL ESPEJO

02/07/2017

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Suele ser común en nuestra tierra hundir al benefactor, intentar perder en el olvido al que luchó, sufrió, inventó o consiguió algo. Suele ser común que quienes continúan una andadura que comenzó y se desarrolló en el éxito, como primera obligación se impongan desmerecer al que tuvo la suerte, fortuna o trabajo de conseguirlo en primera instancia. Ejemplos hay miles. Tanto en el mundo público como privado. Mientras escribo me viene a la mente un personaje de Delibes, en La hoja roja, secretario de un ayuntamiento. Forjó en sus años métodos y virtudes, y en cuanto se jubiló, de la noche a la mañana pasó a ser un desconocido. De cuantas empresas se podrá decir esto, incluso de familias en las que alguien se dejó la vida en crear algo grande y un día descubre que sus herederos, tribu olvidadiza, actúan como si del que todo viene no hubiera existido. De bien nacidos es ser agradecidos dice un viejo refrán castellano. Este como muchos otros nace de la fuente de la sabiduría popular, que lanza edictos y sentencias desde la universidad de la vida.

No digo que el recuerdo haya de mantener una especie de dictadura sobre el presente. Ni que quienes suceden no hayan de tener libertad para actuar según sus conocimientos y mejor entender. Cada tiempo tiene sus protagonistas. Pero sí digo que la memoria es una llama que debe alumbrar hasta el presente, y sobre todo debe estar cuando se realiza la efeméride de lo que el tiempo fue acumulando en la mochila, algo tan bueno como para que merezca celebrarse. Por eso no me ha gustado que el otro día en el Parlamento no estuviese el antiguo rey de España, don Juan Carlos. De él se podrá decir esto o aquello, que su vida privada, que en un rey es siempre pública, fue diletante, pero que es personaje indispensable para lo bueno que nos ha pasado en este país en los últimos cuarenta años nadie puede dudarlo. Si lo hizo entonces por conveniencia o creencia ahora no importa. Ni entonces tampoco. Pero siempre estará en la historia como pieza fundamental en la conversión de una dictadura en democracia. Fue modélico. Apenas se vertió sangre, algo que en muchísimos países a lo largo de la historia no ha sido posible.

Fue un gran error no llevar al otro rey viejo. Son los problemas del imperio del marketing de la época. Seguro que fue por los consejos de esos fríos expertos que todo lo cifran en los dígitos de las audiencias y las entradas. Me imagino que ahora tendrán que analizar el coste para la monarquía de este gesto egoísta y manipulador. No soy monárquico. Ni siquiera juancarlista o monarquicano, como se decía antes. En general antepongo los fondos a las formas. Ante el único rey que me postro es ante mi razón o mi corazón. Pero ahora ambos me dicen que acabo de ver una injusticia al igual que la vi cuando el rey emérito mataba elefantes.

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