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CARNE Y ESPÍRITU

16/04/2017

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En el silencio de una calle oscura, viendo nazarenos con una penumbra en sus dedos que apunta al universo, me olvido de mi percepción de la Semana Santa como tumulto festivo, espectáculo callejero o festival fúnebre de sotanas y rastreo en la memoria. Así como las navidades llenaban de luz el brioso concepto de la familia, y cada vez que suenan las campanillas veo bandejas de dulces llevadas por unas manos maternales, con la Semana Santa me emerge el adolescente quieto en una esquina, o en un balcón, mirando el rostro de un Cristo amado lleno de sangre, preguntándose por el sentido de la vida y el dolor y la felicidad, intentando entender a un Dios omnipotente que crea un mundo imperfecto y luego envía allí a su único hijo para sufrir el tormento de la injusticia.

La belleza de las sombras en la madrugada, el brío de los portadores de imágenes, la cadencia monótona y triste de la música creaban un aire místico en mi interior, y en donde los amigos solo veían unos días de fiesta y regocijo yo me perdía en un mar de dudas intentando entender esa extraña comunión entre Dios y la multitud. Un año en Córdoba, dentro de la belleza oscura de una plaza que acogía al Cristo de los Faroles, sentí una mano que me acariciaba el rostro con una ternura infinita y me calmaba el corazón lleno de dudas. Una magia profunda que enlazaba la oscuridad del universo, algo rota ya por la madrugada, y el silencio de la gente viviendo una comunión indescifrable me había embargado, encontré un sentido veraz en el dolor de toda aquella gente apenada por la muerte de un Dios sobre la tierra. Pero enseguida por todas partes la meditación se convertía en un festejo que pasaba por alto las profundas verdades de ese Dios, y volvía la contradicción angustiando mi alma adolescente.

Las imágenes y las luces, las calles murmurantes, las parodias herejes, las risas y voces invasoras de la belleza de esa comunión entre la fe y el dolor de un Dios, han situado en mi mente la Semana Santa como una fiesta cualquiera del almanaque que solo es religiosa cuando la salva la memoria. Toda esta explosión de imágenes, tumultos, folclore divino, no ayuda a una verdadera comunión con ese enigma llamado Dios. Para ver a Dios el alma debe irse "quitando quereres", dice con belleza poética San Juan de la Cruz.

Por supuesto que sí entiendo, y me parece positivo, el fenómeno de la Semana Santa como oferta turística y vacacional. Ayuda al PIB y punto. Y quizá tampoco me parece despreciable entenderla como una gran manifestación contra nuestra soledad en el universo, contra el silencio de lo oscuro, pues al fin y al cabo nuestra pequeñez, soledad e ignorancia, requiere algún tipo de protesta. Aunque sea de alegría popular en algunos sitios, y de fúnebre tristeza en otros.

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