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Tiempos nuevos

22/05/1993

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Desde hace unos meses, el sol brilla diferente en la finca. Inesperados e intrépidos vientos de optimismo recorren los olivos y los aperos. Hasta las manadas de jabalíes y gamos perciben que los cartuchos que les impactan tienen como otro aire, más alegres..., más decididos.

Desde hace unos meses, el señorito se va de políticas por los pueblos de la llanura; antes, sólo salía de la finca para juerga o médicos, y alguna que otra vez al casino, en donde en humeante tertulia, extraña mezcla de terratenientes, constructores, comerciantes y vinateros, como si fuesen tribu única –cosa que no son-, blandía su potente voz azuzando el ánimo de los congéneres contra la cuadrilla de gobernantes, pero sin dar él ningún paso belicista. Ahora incita a la guerra psicológica, se revuelve contra todo y encendido el genio no esconde sus ganas de roer hasta el alma de los que nos gobiernan.

Hasta hace unos meses andaba despistado, y el mundo, que siempre había visto ordenado, le parecía una jaula de grillos. No comprendía que contra el orden natural establecido no nombrara en el pueblo ni al cura, ni al maestro, ni al alcalde. Sostuvo siempre que hubo cinco momentos en la historia de España que fueron como el mildiu para una o el pedrisco para la cebada: los moros, lo de la Armada Invencible, lo de Cuba, el cambio del 82 y que ya no le regalan el abono del Madrid. Esto último, que supuso momentáneo, temporal, se convirtió en década y hubo de ver el fútbol en televisión, observando como en el palco aquellos emergentes de la nueva modernidad ocupaban su sitio tradicional. La pipa de rancio abolengo, ilustrada en marfil, había sido sustituida por el cohiba.

En pocos años, al señorito, el mundo le adelantó varias veces: perdió la alegría su cuenta bancaria, se le murieron los principios y tuvo que pagar más impuestos que nunca. Legislatura tras legislatura los suyos quedaban como el Madrid frente al Milán: goleados y humillados. Permutaban líderes como Clemente delanteros. Las sienes, ya encanecidas, comenzaban a darle el primer aviso y el panorama no cambiaba. Llegó a perder toda esperanza.


ALEGRÍA CONTENIDA

Pero desde hace unos meses, el señorito vibra cada mañana. Y golpea las botas con la fusta en señal de decisión. Y se monta en el Mercedes y les larga interminables filípicas sobre la llegada del orden nuevo –que es el viejo orden- a los mozos y a las mozas, a los municipales, a los tenderos, a las peonadas; hasta se atreve con los nuevos poderes fácticos del pueblo a discutirles la política –el médico, el alcalde, el cura...-. Él, que anduvo los últimos años tragándoselas por cortesía y porque ya no les mandaba.

Cuando nadie le ve, en el místico silencio de la noche, frente al candil del porche de su casa de verano, repasa su lista de agravios y piensa si sería la mayor venganza el perdón altivo a los intrusos o castigarles con un sutil envío a la beneficencia.

El señorito está eufórico porque piensa que ya vienen los suyos: las trompetas anuncian la llegada, la reconquista frente a los infieles. Otras veces lo creyó y luego los ojos se le llenaron de desilusión. “¡Pero esta vez no! –piensa-“. Hasta los medios del poder lo anuncian en las encuestas. Así es que la finca últimamente tiene un tono más alegre.

Hasta las liebres perciben que el señorito volverá a ser alguien. Y se dejan cazar para su deleite y le saludan como antes, cuando, monte arriba, se llegaba hasta la cina a reconocer su territorio.

Abajo, la aldea está donde hace diez años; pero ya no es la misma. Ahora se ve más limpia, con otro brillo, quizá por las calles asfaltadas que con la lluvia y el sol parecen de cristal. La aldea está viva como nunca. Las gentes... “¿cómo lo verán? –se pregunta-“. Sus antepasados soñaban cada noche con un gesto suyo, con un favor, con una palmada en la espalda.

Respira hondo el señorito, devorando cada gramo de oxígeno que comienza a sentir como más propio. Desea que junio llegue cuando antes, porque cree que los suyos ganarán y recuperará mil paraísos perdidos. Pero algo, muy dentro, casi instintivo, le dice que aunque sus ejércitos ocupen todo el territorio ya nunca encontrará la sumisión de siempre.

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