El Diario de Facebook

04/01/2014

A PROPÓSITO DE PARÍS

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Hace poco he estado en París, y como otras veces, he sentido un profundo, intenso deseo de vida que se me expandía por el cuerpo mientras miraba sus más anchas avenidas. Con París me pasa como con el amor, que a pesar de que conozco múltiples y bellas definiciones, ninguna me satisface del todo. ¿Cómo se llama esa incierta sensación que nos llena de una alegría indescriptible, y a la vez de la honda tristeza de saber que el tiempo nos hará perder lo que sentimos? Los poetas han entrado con pericia por esos vericuetos, intentando llegar más allá de la nostalgia, pero nadie ha puesto su bandera en el conocimiento de esa cumbre tan alta. Yo no sé definir esas ansias por tener ese algo que nos arrebata en una ciudad, en un paisaje, ante algunas personas, y cuando creemos tenerlo, sólo se nos queda un instante, como si nos estuviera dando una pequeña muestra de su hondo poder. En París yo tengo esa especie de sensación hermosa y efímera. Sobre todo en los márgenes del Sena. Me gusta mirar en soledad las barcas grandes y cubiertas, llenas de turistas y de luces; verlas ir por sus aguas para volver siempre al mismo lugar, como regresando a su ausencia para alejarse de nuevo. Ciertamente, existen ciudades más hermosas que París, como por ejemplo Praga o Budapest, pero en ninguna otra que conozco el aire lleva esas gotas de melancolía primitiva que me hacen sentirme diferente, ese vertiginoso poder de lo amplio y lo plácido, esa generosa vitalidad de lo estático. En ninguna otra ciudad el ambiente tiene ese color entre rojizo y grisáceo que parece hecho para albergar las sensaciones más inesperadas. París es bella en todas las estaciones del año. En ésta, los árboles miraban el invierno o quizá el brillo húmedo de los semáforos, la calma nocturna de las calles, en el gesto húmedo de la torre Eifel perdiéndose en el vaho del cielo. A pesar del tráfico persistente, al anochecer, los Campos Elíseos tenían esa paz indecisa, y sin embargo vital y alegre, de lo triste; esa paz satisfecha de su existencia, incansable, misteriosa, que parece venir de algún lugar desconocido.