El Diario de Facebook

15/02/2014

AMOR ETERNO

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De todas las sensaciones del amor siempre he admirado la de la aspiración a la eternidad. Amor y eternidad son dos conceptos que se atraen, y por eso, cuando uno ama y es amado siente en lo profundo que no debería acabar nunca ese amor, que el hermoso momento debería quedarse quieto en el tiempo o que el mismo tiempo habría de detenerse para que el amor no pudiera consumirse en el fuego de la vida. En este sentido, el amor es un dardo de luz que destroza la desazón inherente a la sombras que crea el paso del tiempo. Y seguro que alguien me dirá, leyendo mis afirmaciones, que me estoy refiriendo a un tipo de amor romántico o metafísico, en todo caso idealizado. Pero yo le diría que no, que esa sensación de perdurabilidad la veo en todo tipo de amor, ya sea a gente cercana o lejana, incluso en el amor a los animales. Da la sensación de que esa aspiración a no morir fuese un mensaje oculto escrito en el propio ADN del amor. Amar es perdurar, dijo Séneca en una de sus cartas a Lucilo. Y por eso, en el hecho de perdurar, es en donde el amor siente la satisfacción de su existencia. La muerte del tiempo es el mejor lecho para vivir el amor. Y cualquier invasión del tiempo, acabando momentos y sueños, es lo que genera el amargo sufrimiento del amor. La desaparición del amante, la muerte (que es lo contrario de la perdurabilidad) conlleva el sufrimiento más terrible. Querría estar en un palacio de noche sombría, dice Romeo cuando ve el cadáver de su amada Julieta tendido en el mármol. Quiere sufrir, pero sufrir siempre. Porque la palabra siempre y la palabra amor aparecen juntas demasiadas veces. Y aunque no sabemos si podrá existir un amor para siempre, lo que sí sabemos es que hay algo oculto escrito en las mismas entrañas del amor, algo desconocido que nos dice, aún sin saber cómo ni cuándo, que todo ese amor vivido jamás será en vano y que nada lo podrá destrozar. Quizá.