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LA SOLEDAD Y LAS SOMBRAS

01/10/2016

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Una pensión oscura. Calle Bravo Murillo. Ejércitos de automóviles rompiendo el silencio del amanecer. La ventana se mueve al ritmo de la luz de los coches. Una habitación helada. La maldita calefacción no funciona otro día más. Juanita, la anciana que regenta la pensión, me mira con tristeza. El dueño del piso de renta antigua va dejando que todo se destruya. Las bombillas cascadas. El cuarto de baño se atasca. El pasillo penumbroso va soltando la pintura en placas secas que caen del techo y estallan en las baldosas. Al fondo vive María. Está en una habitación tan pequeña que dudo pueda dar tres pasos por ella. Suele tener la puerta cerrada pero algunas veces, en la noche, antes de acostarse, la deja entreabierta. Escondido en una sombra miré alguna vez la acumulación de objetos en un espacio tan pequeño. Y me pregunté también si acaso no deseaba que pasara adentro cuando el único indicio de vida era luz del televisor, al fondo del pasillo, donde Juanita se adormilaba hasta que el himno precedía a la nieve negra del fin de la emisión.

Jamás pasé. Pero hablé tantas veces con ella. Mi compañero de habitación era un gallego de exacerbado pragmatismo y desprecio por la sensibilidad. Se mofaba de la soledad de aquella mujer de mediana edad que vivía al fondo del pasillo. Cuando coincidíamos los cuatro desplegaba su sorna galaica contra la pobre mujer que el mundo había arrinconado. Se reía de su acento andaluz, de su beatería, de la estupidez de seguir pensando en un amor frustrado que guardaba en el rincón más grande de su corazón perdido. Yo no pensaba en eso. Respetaba sus sentimientos y sus errores, pero no dejaba de pensar en lo triste que es la soledad en Madrid. Ser una penumbra solitaria entre las luces de aquella ciudad renacida. Sonar como un silencio en el aire ruidoso de la gran urbe. Madrid despertaba de su calabozo histórico y fascista y comenzaba a verterse la alegría por las calles.

Cuando el gallego y yo nos íbamos de juerga se quedaban solas Juanita y María. Cada una en el fondo contrario del pasillo. La regenta en la habitación que daba a la calle, durmiéndose frente al televisor, aguantando la inercia de una sonrisa lejana que no quería se perdiera para siempre. Y María al otro lado con la puerta cerrada, guardando sus recuerdos, seguro sentada en la cama mirando una fotografía que no podía quitar de su alma. Al regresar hacía mucho ruido para que aquellas dos mujeres supieran que venía la vida. Trataba de meter el buril de la alegría en tanta soledad. Antes de irme de la pensión pasé al cuarto de María. Nos abrazamos con mucho cariño. Sentía una pena muy grande por su soledad pero ella me dijo al oído, con su gracia andaluza, no te preocupes Manuel soy muy feliz.

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