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AFUERA

24/10/2015

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Él abrió la puerta y salió a las tinieblas. Afuera los lamentos del viento en la noche le decían que había comenzado el otoño. Otro verano más se dijo, otra sombra en al recuerdo, otro otoño, los cielos blancos, los primeros fríos, las primeras toses que un pecho de viejo fumador apenas podría aguantar. La niebla comenzaba a apoderarse de la noche. Las luces amarillas de las farolas parecían candelas suspendidas del viento. Cuando niño pensaba que las luces de la noche eran mensajes ocultos, que servían para algo más que para dar luz en las calles. A veces las vio como ojos de duendes escondidos que miraban el silencioso pasar del pueblo de la noche a la madrugada. Pero ya no pensaba que las luces fueran mensajes, eran solo destellos del ingenio humano venciendo a la oscuridad.

Se sentó en el primer escalón y oyó a niños jugando a lo lejos. Sus voces sonaban limpias en el profundo silencio. Jugaban un partido de fútbol tumultuoso. Lo supo porque el grito característico del gol sonó de sopetón e invadió cualquier paz que hubiese perdida por las esquinas. Se levantó y miró para ver la calle en la que los niños jugaban. Le dio ganas de ir hasta allí, sentarse en una piedra y quedarse un buen rato mirando el partido, viendo las carreras y golpes, los regates, los gritos, las regañinas del que no le pasaban el balón, la bronca del que se sentía jefe y arengaba a los suyos con un discurso guerrero que en aquella noche limpia llegaba hacia su casa.

Había cumplido muchos años hacía pocos días. El tiempo siempre llama a la puerta sin retrasarse, pensó. El tiempo se rompe en mis manos como un junco roto, se dijo recordando un verso de Adonis. Y mientras oía las voces de los niños, y la penumbra le envolvía, llego a decirse que no existía más tiempo que el de su corazón. Pensó que dentro de él había algo que nunca envejecería, algo desconocido, que no es cuerpo, que su razón no podría entender. Quizá era eso que llaman alma. Krick dijo que el alma estaba en el cerebro, pero él sentía que necesitaba la muerte de cualquier certeza, y el nacimiento de cualquier enigma.

Salió a las tinieblas y el sonido lejano de los niños jugando al fútbol le dio una sensación placentera de belleza. Y pensó, como keats, que la belleza es la verdad. Y entonces no quiso creer que la muerte es algo que nos deja como un proyecto inacabado. Recordó que el maestro Cu-Su dijo, cuando su discípulo le preguntó ¿y quién os ha dicho que existe otra vida?, que solo con que haya una duda debemos ya conducirnos como si existiera. Así pensó aquella noche. Ya muy viejo. Sintió que la luz que más alumbraba no era la de las farolas, sino su deseo de sentir que la vida no fuese un proyecto inacabado.

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