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Fantasmas imposibles

11/02/2004

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Ahora la gente tiene a los pestíferos programas del corazón, y antes, los que ya casi pintamos canas, teníamos a las caras de Bélmez. Entonces, aquel misterio, nos llenó la infancia con la sustancia de la magia. Por la noche, con las retinas hartas de misterio y televisión, los niños traviesos nos dormíamos sintiendo el soplo de los fantasmas en nuestras pestañas apretadas. Nos tapábamos hasta el borde de las orejas pensando que en el refugio de las sábanas nunca podrían entrar los espectros huidos. Pero los fantasmas entraban por la puerta de los sueños. No nos dejaban dormir con sus rugidos silenciosos y luego disparaban su ectoplasma por las ondas televisivas, y así, en las discusiones de las tascas, los defensores del más allá terminaban derrotando a los racionalistas defensores del más acá. Nadie sabía si aquellos rostros difusos, arrugados, que sorprendían la húmeda cal de las viejas paredes, eran de éste o del otro mundo. Pero verlas en la televisión o en los periódicos era como leer con las entrañas un telegrama del enigma del vacío.

Así es, nunca se supo si eran manchas antropomorfas, huellas fantasmagóricas de almas en pena, o simplemente el producto de una mente divertida. Y ahora, merced a la muerte de la dueña de la casa, María Gómez, sabemos que el misterio sigue vigente, que en aquella casa, cerrada a las visitas durante muchos años, han seguido brotando rostros oscuros que traspasan la bruma de la realidad para aterrizar en las viejas paredes de un pueblo olvidado. Hasta el ayer ministro Pimentel las ha visitado. Y dicen que salió alucinado, el flequillo tieso, las cejas sin sombra, las retinas de hielo y la voz herida por la abundancia de afiches de ultratumba.

Sí, las caras de Bélmez fueron la comidilla de nuestra infancia. Si eran heridas de ultratumba o malos retratos de algún alma cachonda, quizá nunca se sepa. Al menos, alimentaron nuestra fantasía y llenaron multitud de conversaciones en las sombras de las esquinas y en las hogueras de los campamentos. Pero hoy, en este mundo mediático, también aparecen caras. Y ahora, en vez de plasmarse en las paredes roídas de un pueblo andaluz, emergen en todos los hogares desde la pantalla de televisión. Y las de hoy, más que caras, son getas inmundas. Rostros avispados que desde el sortilegio de su nadería se nos aparecen a todas horas. Rostros sin sustancia que más que alimentar nuestra imaginación destruyen nuestras neuronas. Antes Teníamos las caras de Belmez. Y hoy tenemos a los getas de la tele, fantasmas holgazanes que viven de la estulticia. No sé, no sé, yo me quedo con los fantasmas imposibles…


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