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UN CORAZÓN TAN GRANDE

11/07/2015

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Cuando era niño, tan niño que aún no tenía corteza en la piel, leí una biografía ilustrada de Angelo Giuseppe Roncalli, conocido como Juan XXIII. Recuerdo que su humildad, bondad y ternura enternecía mi débil corazón, y cómo aquella bondad contradecía cierta penumbra militar que me envolvía en el colegio religioso. El rostro del papa Juan me parecía tan amigable, humano y cercano, que pensaba en él cerrando los ojos cuando algún cura zahería nuestra blanda sensibilidad con la ira divina. Veía sotanas negras rodeándome y pensaba en la luz blanca que emanaba del cuerpo rechoncho de aquel papa. Roncalli fue un hombre bueno, quijotesco como todos los que enriquecen la humanidad. Entonces fue la luz que amansó mi zozobra en el frío mármol de los templos, dentro de la penumbra de las velas y el agrio olor del incienso.

Con el tiempo me alejé de la liturgia opresiva. Ansias de libertad, dudas irresolubles, me dirigían. Odiaba la túnica de cualquier turiferario. Aplaudía en cualquier cine de un barrio de Madrid el final de la película "Roma", de Fellini, esa pasarela por la que desfilaban cadáveres con gigantescas casullas, coronas de diamantes, báculos de oro amargo, y me imaginaba el rostro del cardenal Roncalli mirando aquella ostentación con tristeza. La sencillez frente al ornato ostentoso. La humildad frente a la vanidad. El amor frente al poder. La comprensión frente a la doctrina. Veía a la iglesia perdida en una selva de vanidades e intereses económicos. Nada que ver con aquella historia que había leído en un libro ilustrado, la vida de un ser evangélico que anunciaba una caricia, un abrazo, la comprensión del perdido.

Más tarde no me convenció Karol Wojtyla. Demasiado apegado a una tradición nefasta, dubitativo frente al mensaje del Cristo. Me dolió verlo reprendiendo a Ernesto Cardenal, en público, por jesuita y revolucionario. Veía su amor perdido dentro del uniforme. Su mirada era pétrea y lejana, solo convencía a los convencidos. Después Joseph Ratzinger tampoco despertó en mí ese temblor que agita el alma, que despierta el esqueleto de un sueño. Lo veía perdido en los laberintos obispales, sin trasladar al mundo las voces de Cristo. Por supuesto que admiré su profundidad intelectual, por eso solo lo sentí en sus libros, mientras gran parte del mundo seguía huérfano de un padre cercano. Ahora sí, el papa Francisco, me recuerda a mi amado Juan XXIII. Francisco ha herido las dudas de mi corazón con su amor enorme. Pone a Cristo en su trono. Da voz a los que nadie escucha. Ruge contra la pobreza y el egoísmo. Defiende a la naturaleza de su peor depredador. Es una esperanza para los desesperados. Al fin parece que el evangelio puede derrotar a sus guardianes.

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