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RUINAS VERDES

24/01/2015

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Uno es de donde hizo el bachillerato, o quizá más de donde nació a la realidad en aquellos párvulos en los que comenzó a conocer algo más que los pechos de la madre, los corrales soleados del invierno, la sombra de la siesta en la calle envuelto por un viento negro que refrescaba el sudor de los juegos. Allí, en aquel viejo colegio lleno de grandes patios, había aulas con juguetes y dibujos al carboncillo, láminas coloreadas pinchadas en cuadros de corcho, un viejo tocadiscos y al fondo un profesor gordo y bonachón que jamás dejaba de sonreír. Sus palabras fueron las primeras que se grabaron, como alfileres de vida, en el corazón virgen que quería salir afuera, conocer los nombres lejanos de la vida que hasta entonces solo se habían atisbado en los seriales de la radio, o en las conversaciones de la peluquería, donde los hombres hablaban y hablaban mientras un torpe mozo trasquilaba el cogote del mozalbete y de vez en cuando le pegaba un pellizco en las orejas.

Uno es de allí, y después de tantos viajes, y de haber llenado la mochila de sombras y luces, no puede evitar sentir que la verdadera biografía está llena de juegos y palabras que llegaron al pozo de la identidad casi por asalto. Incluso a veces un sabor a leche en polvo lleno de aires de fábrica de petróleos le viene a la lengua. Y recuerda que aquella época, de la minería, es decir el imperio de los materiales primarios, fue vencida por las chimeneas humeantes, los hierros que crecían como rascacielos allá por el horizonte, consiguiendo que la gente comenzara a dejar de sufrir porque la materia prima de la que vivían ya no le interesaba a nadie. Entonces llegó el tiempo de la industria. Y comenzaron a verse por los adoquines rotos autobuses que viajaban llenos de hombres. Los veíamos desde el patio de recreo con nuestras batas blancas impúberes, con los labios llenos de leche seca y las manos manchadas de tinta o tiza de colores. Los hombres llevaban merenderas atadas al cinturón, o cogidas con la mano como carteras, y se dirigían a la fábrica para cumplir sus turnos. Ganarían el salario que vencería por primera vez la misma frase de siempre, qué comemos mañana.

Iban felices y el olor oxidado de las bencinas, que se pegaba a la lengua y ponía en carne viva las vías respiratorias, era muy bello. Por ese olor el pueblo estaba lleno de vida y una inmensa clase media comenzaba a pringarse con las costumbres de los ricos. Tomar café, comprar ropa, estudiar lejos, irse de vacaciones…Uno es de donde le llenaron los pulmones de frío y sulfuro. Y ahora viaja por allí y ve las ruinas, envueltas en yerba, que ha hecho el monetarismo y ese mercado voraz, sin corazón, que ha matado a la industria sin ofrecer algo a cambio.

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