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LOS VIEJOS PANTALONES CORTOS

09/01/2015

Partido en 1960 entre el Sevilla y el Llerena, antes de comenzar el juego salía una cuba de agua encima de un carro tirado por un burro.
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Puedo bucear en el océano de signos que es Internet, llegar a la Wikipedia y entrar de nuevo en aquel 1960, o teclear Youtuve en el ordenador y volver a ver cualquier noticiero del Nodo que me dirá que aquel año el Madrid ganó al Eintracht Frankfurt la quinta copa de Europa, con un memorable partido que para algunos es el mejor de la historia. Puedo rastrear por las estadísticas de la liga, entrar en la vida de equipos conocidos o desconocidos, ver alineaciones que quizá me suenan de aquellos cromos que nos cambiábamos en el colegio, aquellos nombres castellanos, vascos, gallegos, andaluces…, algunos extranjeros, que llenaban de color las oscuras noches de un tiempo que descendía del hambre. Di Stéfano, Púskas, Romero, Diéguez, Zaldúa, Peiró, Endériz, Nuñez, Del Sol… Puedo mirar un montón de fotografías, y sentir como las tapias de aquel estadio de Sevilla, entonces vestidas solo con los oscuros adornos de la pobreza, ahora son una catedral deportiva rodeada por viviendas en las que viven los descendientes de aquellos trabajadores que, gracias al desarrollismo, tuvieron un balcón a un parque, una nevera y una lavadora. Quizá una beca para que los músculos débiles de los niños pudieran llenarse de proteínas, y el cerebro de neuronas entresacadas de los libros, mens sana in corpore sano. Puedo incluso, y es lo que más deseo hacer, teclear en el ordenador de mi cabeza algunas palabras que veo en la fotografía: cal, cuero, carro, burro, sombrero, camisa, pantalones cortos, blanco y negro…

Yo tenía entonces unos pantalones cortos que parecían gigantescos sobre mis piernas esqueléticas. Iba al fútbol todos los domingos y recuerdo el cielo azul de los días de primavera. Recuerdo también las heladas intransigentes del invierno, y las piernas titilando cuando me sentaba en la grada y el frío se colaba por el abrigo. También recuerdo el vaho caliente de mi padre resucitando mis mejillas. Y sobre todo, días de intenso calor en los que el sudor de los jugadores se oía viajar por el viento acercándose a las primeras gradas, mojando la cal que el sol iba resecando. Como en esta fotografía del partido entre el Sevilla y el Llerena, antes de comenzar el juego salía una cuba de agua encima de un carro tirado por un burro. Había que regar la tierra seca, evitar que los movimientos de los jugadores crearan una niebla que molestara los ojos acechantes del árbitro. Pero antes, antes del burro y la cal, salía la banda de música y entretenía el tiempo. Parecía como si con la música naciera la alegría, y más en aquel año en el que los ojos vengativos de la historia comenzaban a dejar de mirarnos.

La gente comía pipas como posesos. Las gradas, después del partido, quedaban llenas de montículos llenos de restos de la fiesta. Y también mucha gente, como se ve en la fotografía, llevaba camisa blanca, no sé si en este caso por ser del Sevilla, da igual. Es fácil sacar del pozo de los recuerdos el sol estrellado en las camisas blancas, reluciente, llenando los ojos de luz hermosa. Y el sol del sur, aguerrido como pocos, también se estrellaba en el oscuro balón de cuero que entonces, para muchos niños, era el objeto que más visitaba los sueños.

El balón, el ruido, la memoria. Ahora el rasgar del balón sobre la yerba es como un ruido ahogado, pero sobre tierra o arena, o incluso barbecho, sonaba con un golpe seco, como el guante de un boxeador sobre la cara, o como una rueda de goma cayendo sobre un charco. Ese ruido lo producían las pequeñas piedras que, escondidas en el subsuelo, como efecto de la gran batalla salían afuera, porque la valentía, la adustez, el hambre de victoria de los jugadores no miraba que las piernas y los codos se llenaran de raspaduras, o incluso heridas que mostraban un brote de sangre que pronto se secaba, y si no allí estaban los de la Cruz Roja con vendas y crome para sanar en el mismo momento de la batalla.

Yo tenía unos pantalones cortos en aquel año que kennedy ganó las elecciones a Nixon, Fabiola fue coronada reina de Bélgica, se celebraron las olimpiadas en Roma, en las que España solo ganó una medalla de bronce en hokey sobre hielo, y Franco visitó Barcelona y tuvo que oír, en el Palau de la Música, el canto de la Senyera. El mundo, como siempre, comenzaba un sueño de liberad truncada, y si miro la fotografía del burro y la cal, la infancia me estalla en la cara. Sevilla y Llerena, la puerta de Sierra Morena, dirimían el sabor de la victoria. Leo los nombres de los jugadores (Mut, Juan manuel, Achícarro, Diéguez…), y su sola pronunciación me devuelve a un campo pequeño, a un abrazo de amor paterno, a una música rompiendo las sombras, al rostro entre feliz y triste de un burro que tira de una cuba de agua y levanta un olor a tierra mojada que abre la memoria. Yo tenía unos viejos pantalones cortos, que quería más adelante fuesen los de un futbolista, pero el destino decidió otra cosa, y me dio más letras y palabras que talento para el balón.

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