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Las pobres ubres de la vaca Clodomira

16/02/2002

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No sé, podría escribir muchos más títulos. El olfato de la Mazagatos, Las caderas de Bibí, La pizza de Miki, Famosos sacaleches, Tesinas libertinas de la famosfera, El agarrón pezonal de Soto, Orellana baila sevillana, Jesulín ataca de nuevo, o La poderosa curvatura de Bibí, qué sé yo. Pero cuando vi a la pobre vaca vilmente trasteada en sus calostros incipientes, manoseada por las tenazas de Barbara Ruá, percibí que de toda la tropa de famosos ramplones que acompañaban a Vázquez lo más presentable era la vaca. Allí estaba la inocente, con sus cuatro pezones colgando como cuatro badajos carnosos, y la brutal famosada, en plan tozudos vaqueros exprimiendo sus ubres repletas. En mi pueblo había una vaca que se llamaba Clodomira. Iba la pobre por los arrabales con sus esquilas sonrientes, cabestro sin nadie, meneando la cornamenta, y los niños sádicos del tiempo le poníamos cardos borriqueros en los esfínteres. Qué malvados éramos, peritos los más en rasurar rabos de cuijas y apedrear prepucios muleros. Y desde entonces, recordando esos mugidos lamentosos de la infancia, arrepentido de mis desmanes mozetiles, tengo un amor especial a las vacas. Por eso, cuando vi que Jesús Vázquez llevaba una a su programa, Gente con chispa, y la ponía en manos de la brutalidad de un cuarteto de famosos, me dio rabia, y pensé denunciar el asunto a la protectora de animales. Barbara Ruá se arremangaba la falda, se sentaba en el taburete a horcajadas, y comenzaba a destetar a la matrona cornuda, con total impunidad. Y Luego los otros, el Orellana, la Arancha y el Soto. Bueno, el Soto era el único que sabía lo que se traía entre las manos, y ponía una cara terrible de gusto teniendo aquellos gigantescos pezones en sus dedos. Pero la pobre vaca no sabía a qué venían aquellos zarpazos, y se lamentaba como aquella que recordaba herida por el puntiagudo escozor de los cardos borriqueros. Me parece bien que el simpático Vázquez se lo monte jaranero con una troupe de famosos, pero que deje tranquilas a las vacas, las cuales, sin tantas posesitas, hacen más por la gente que todos los jesulines y bertines. Vale que la cuitosa Mazagatos nos muestre unas napias prodigiosas no sólo para husmear las desmitificaciones nietzscheanas de la verdad, sino también para avistar los efluvios de Lancome, pero a qué viene eso de llevar una bierva al programa, para esmuñir sus tetas. Yo veía que la vaca estaba letraherida, por más que el sex-appeal de Soto y Orellana pretendía imperar en sus pezones. Zapatero a tus zapatos, dice el refrán, amigo Vázquez, y vale que obligues a tus famosos a malculear la salsa, o a cantar karaoke como si rebañaran el viento, pero deja en paz a las vacas, pardiez, manantiales de blanca pureza que son, y no me las malees con tan obtusa y corta compaña. Mi pobre Clodomira, allí violada en el establo de Canal Sur, y todos nosotros mirando. Como la vida misma.

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