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El público

19/11/2000

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Aquél que a sí mismo se llamó Fígaro, por ser nombre a la par sonoro y significativo de sus hazañas, se hizo la pregunta: ¿Quién es el público y dónde se encuentra? Hoy habría encontrado fácilmente la respuesta: se encuentra, entre otros lugares, en los concursos de la tele y demás paraísos de charlatanes avispados. O en todo caso, merced a esta tontuna de teles microcefálicas, el público es la audiencia, la cual se divide en dos: la audiencia sinnúmero y la audiencia parroquiana. La primera nos muestra a la plebe audiovisual como un objeto más del salón de casa, esfinges siseando a los niños y acumulando bolsas de moho debajo de los ojos; y la segunda, a esas tribus que los regidores mueven a la risa, el silencio o el llanto tal manada que tan pronto entra en bulliciosa algazara como en silencio sepulcral.

Es éste último tipo de público el que a mí me gusta. Sobre todo, por la riqueza étnica de sus especies, pues aún siendo todas de género devoto, sus comportamientos y su génesis son multiformes. Está, por ejemplo, el publico reidor, y así lo vemos en el programa de Agustín Bravo descoyuntándose en la tarde cuando las gansadas del Dúo Sacapuntas son sumamente majaderas. Este público funciona en el sistema polifónico, pues siempre sobresale una carcajada que hace las funciones de solista. Suele ser la de una señora gorda maltratada por la peluquera, hipopótamo de ostentosas quijadas que se abren hasta el infinito en pose de aspirar, sin remedio, cuanto hay en el estudio, hasta los morros parlanchines de Bravo. No sé por qué, este tipo de risas insustanciales, van siempre ligadas al sebo.

Luego está, por ejemplo, el público llorón, ese que gimotea hasta la angustia en Senderos de Gloria o en La Llamada del Sur, programa en el cual el largo rostro de Paco Lobatón, preciso personaje del Greco, pone ajustado ambiente a la explosión del lagrimal colectivo. El cuadro queda insuperable: la parroquia apiñada, con los ojos vertiendo, y el Lobatón, como el Conde Orgaz, presidiendo la estampa fúnebre con leve bruma de sadomasoquismo avariento. Y cómo no hablar del jacarandoso publico escatológico, el cual aplaude con furor en Gente con chispa a los famosos mientras sacian la hambruna con todo tipo de desechos e insectos pestilentes. En fin, que como aquel autor le decía a Figaro, podríamos decir, que para conocer el quién y el dónde de nuestro público parroquiano, "preguntadme más bien cuántos necios se necesitan para componer un público". Ea.

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