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EL MAR BATIENDO…

13/12/2014

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Crucé la avenida mientras el frío me empujaba hacia dentro. Llevaba la cabeza dentro de una chupa oscura que recogía el vaho de la noche y las luces de las farolas. Pequeñas gotas de agua brillaban en la pechera y en las mangas, como si estuviesen vivas y su vida consistiera en moverse por el plástico hasta que el viento las expulsara hacia su origen. El invierno se encontraba muy cómodo, y al marcharse el sol, en un instante, puso su ventilador a toda máquina y un viento terrible comenzó a azotar los árboles y los edificios, hizo que los pocos viandantes que había anduviesen torcidos, empujando hacia delante con toda su fuerza.

Llegué al mar y recordé una frase que había leído hacía tiempo y permanecía dormida en mi memoria. En aquel momento despertó. Era de un libro de Cortázar, un estudio original, sutilísimo, muy lúcido sobre John Keats. La frase decía que a poca distancia "el mar batía fragoroso". Coincidía con lo que estaba viendo en aquel momento. Y también recordé el amplio amor literario que Cortázar sentía por keats, "él es para el bolsillo, donde se llevan las cosas que cuentan, las manos, el dinero, el pañuelo. Los estantes son para Coleridge y Eliot, poetas lámpara. Un bolsillo es la casa esencial y portátil del hombre. Hay que elegir lo imprescindible, y solo un poeta cabe allí". Llevaba en el bolsillo mis manos heladas y un sentimiento de soledad que tenía la necesidad de soltar su imaginación en aquella noche turbulenta. Keats había dicho que Byron describe lo que ve, y que él describe lo que imagina.

Las espumas del mar parecían sábanas blancas cayendo de manera brusca sobre la arena. A lo lejos había cuatro o cinco luces de barcos que se movían como débiles faroles. Me senté en un banco para contemplar la fuerza del mar. Y entonces vi que, no muy lejos, sentada en la arena, había una mujer también mirando el mar. De pronto se levantó y apareció por la oscuridad. Era joven, rubia, delgada, y al pasar por mi lado, me sonrió. Por eso antes de que pudiera irse le dije que si preguntaba al mar. Ella me contestó que sí. ¿Y qué le preguntas?, volví a decirle. Le pregunto que por qué es tan bello. ¿Y qué te responde?, insistí. Me dice que él no tiene ninguna respuesta, que él solo es una pregunta.

Luego conversamos un rato. Estaba de vacaciones y cuando iba donde había mar hablaba con él. Había venido con un grupo de amigos. Le dije que yo también hablaba cuando podía con el mar, y que había venido con otro grupo de amigos a los que veía acercarse por el fondo del paseo. Nos saludamos por tanto y nos despedimos. Nos dejamos el mail. Mientras mis amigos se acercaban la vi de espaldas, alejándose, introduciéndose como una vela blanca por aquella oscuridad

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