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LA CIUDAD QUE ACECHA

06/12/2014

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Leo un poema de Alvaro Valverde, La sombra fugitiva, y mezclo alguno de sus versos con el aire sucio que ha llegado a mis pulmones en un reciente paseo por la ciudad. Las luces y el atardecer competían por abordar la penumbra. La imagen de los edificios caóticos se enfrentaba al umbral de la oscuridad, que ya estaba agarrándose al primer impulso de las viejas farolas. Iba por unos soportales pequeños llenos de escaparates. En mi paseo, que pretendía algo ausente, distinguía sombras de gente que se movían vertiginosas, o estaban sentadas en los bancos rodeados de hojas pisadas, o hablando en algún rincón, o fumando en la puerta de bares con mesas altas y taburetes oscuros. Al pasar por estos bares sentí que el olor del tabaco luchaba por vencer el vaho fresco de la niebla. Paseaba por una plaza que en mi ciudad compagina estilos contrarios. Véase el rico en cristales y florituras de Flandes, y el adusto manchego, en el que las ventanas piden permiso a los muros para poder salir al viento.

Se veían los primeros indicios de la Navidad. Cuatro villancicos gastados, luces multicolores, las castañas, algún stand con abalorios de hojalata…Poca cosa, el Ayuntamiento, proclive como otros de la derecha a competir en dura bacanal de recortes, mezcla el chocolate del loro con el caviar del marqués. Iba solo, y aunque no hacía mucho frío, quizá por habilitar mi intimismo me escondía la cara en el abrigo. Venía de dar una vuelta por una de las dos librerías que hay aquí con algo de sustancia. En la prosa claro, que en la poesía solo hay una vitrina en un rincón lejano pidiendo permiso por existir. Mientras andaba por las baldosas llenas de chicles pegados, percibí que el rumor de la plaza estaba siendo ocupado por unos gritos lejanos. No pude entender si eran de mujer o de hombre.

Cuando me acerqué vi que eran de una mujer que tendría cuarenta años. Llevaba un abrigo oscuro de lana rota, un gorro con orla y unos pantalones negros anchos. La acompañaba un perro lanudo que la miraba con indiferencia. Seguro que ya estaba acostumbrado a sus gritos salvajes. Estaba sentada en un escalón, y cuando chillaba cerraba los dos puños, doblaba los brazos, bajaba la cara hasta el suelo. A su lado, dos municipales contemplaban el duro espectáculo. No había que ser médico para darse cuenta de que el monstruo de la droga le salía por el aliento. Me acerqué a los policías para ayudar en lo posible, pero ellos con gesto diligente me dijeron que siguiera mi curso. Sin embargo, pude escuchar lo que la mujer decía. ¡La ciudad me acecha, la ciudad me acecha, la ciudad me acecha!, chillaba. Seguí mi camino, en un río de gente, mientras sus gritos se iban poco a poco perdiendo en la noche.


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