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Tormentos de playa

30/07/2003

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Si existe un refrán que dice que de buenas cenas están las sepulturas llenas, habría que inventar otro que dijera que después de una paella de chiringuito no hay quien mueva el palmito. No sé si será el sol malvado o el resuello de los mejunjes y pastiches que danzan por la brisa y se enganchan a la garganta, pero el caso es que tras engullir una burbujeante paella en el sombrajo del chiringuito le entra a uno un extraño cuelgue, una obnubilación metafísica difícil de definir. Es algo espiritual, por supuesto. Pues es obvio que aunque nace de la barriga, ese karma recorre luego todo el cuerpo hasta llegar al alma aterrizando como la nave Columbus. Y después el alma se queda como si tuviese argollas y grilletes y apenas pudiese despegar del suelo. Uno de mis churumbeles, que estudia filología y está preparando su tesis sobre San Juan de la Cruz, dice que lo que pasa es que el alma se queda pegada al cuerpo y entonces se produce esa simbiosis mística que decían los santos. Vamos, que la paella playera tiene propiedades espirituales.

En todo caso, desde un punto de vista terrenal, lo cierto es que el cuerpo, con alma o sin alma pero con varias toneladas de prieto arroz, preso de una gigantesca digestión, se queda como un hipopótamo perdido o como un cocodrilo olvidadizo, haciendo la estatua sin artista que dibuje, tumbado en el grill sin esperanza. Será suave el arroz para los chinos, que sólo comen eso y vuelan de ligeros, pero aquí, tras su paso por el chiringuito, es algo así como una bocanada de cemento. Será porque nuestros afamados chef de la cadena playera lo reinventan con todo tipo de especias y tropezones hasta que el pobre no se ahoga en agua sino en patas de conejo, bigotes de gambones y asaduras de toda especie. Un día vi a un pobre chino beberse media mar después de dar dos cucharadas a una paella playera. El despistado pidió algún alimento que llevase arroz, por recordar su tierra, y por poco no vuelve a verla.

En fin, que en el catálogo de tormentos playeros tengo a la paella de chiringuito como uno de los más egregios. Gracias a su imperio conozco estómagos que nunca volvieron a ser los mismos después de ser abatidos. Aunque, como decía al principio, la citada tiene su envés de virtudes. La mejor es el asunto del misticismo. Es claro que después del castigo sale uno huyendo de los placeres terrenales, odia el estómago maltrecho, y si se lo propone, desde el hambre futura, podría hasta levitar como los místicos. Con esto pasa como con todo, que no hay mal que con bien no venga, y el que repita es porque le gusta. Ea.

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