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EL ANACORETA

05/07/2014

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Aprieto mi memoria y quiero recordar si todavía existe, cerca de la cima de una montaña llamada Santa Ana, la Chimenea Cuadrá, una escueta almena centinela de la región de mi olvido. Algunos días de colegio los curas formaban un safari de niños que no buscaban fieras, sino la libertad del monte, o el musgo de las peñas que atrapaba el sol y lo volvía destello vivo de la tierra. Después de subir escabrosos senderos, refugio de escorpiones y lagartijas, con la fiereza de la piedra en las huellas llegábamos cerca del cielo. Los suministros para el viaje eran maravillas del deseo. Dulces de la tierra, rosquillos, hornazos, bocadillos de chorizos flacos. Y para los mayores la dulce virilidad del vermut Cinzano de Torino, que tenía una escena de vendimia en su etiqueta, igual que nos cuenta Homero tenía el escudo de Aquiles.

Bajo el sol rojo la botella de vermut parecía dar vida a los "campos de crecidas mieses, que los jóvenes segaban con hoces afiladas", y recuerdo que la luz de La Ilíada me llevó un día a la cueva de un anacoreta que por allí vivía. Estaba un poco más abajo que la destartalada almena. Era poco profunda y tenía una especie de poyete en la entrada. Al fondo vi restos de una comida breve, unas sandalias rotas con aire de reserva y un libro sin portada. Allí vivía quien la gente llamaba El Anacoreta.

Era dueño de una imprenta. Le pasó como a don Alonso Quijano, según la injusticia popular, que "del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio". Pero el de Puertollano no llenó su fantasía con las pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y dispares imposibles de los caballeros andantes, él dio en creer que era un profeta del Antiguo Testamento, un Isaías, y aunque no hizo su túnica de pelo, para exaltar el valor de la pobreza, sí la llevaba blanca, como su largo cabello y su barba, y le envolvía todo el cuerpo. Calzaba unas sandalias andrajosas enamoradas del polvo del camino.

Lo recuerdo al atardecer por las calles de casas bajas. Iba como un alma en pena arrastrando los pies, asistido por un báculo pedestre, caminando en silencio, con los ojos perdidos, prensando en su luz una sabiduría enigmática. Nunca supimos si odiaba el haber nacido o el propio mundo, o si se había alejado solo porque le aburría la vida sin enigmas. Tampoco recuerdo sermones apocalípticos o moralistas, al contrario, su mejor discurso era el silencio de sus pasos, como si quisiera decirnos, con la apología de su soledad, que estaba en completo desacuerdo con todo. Y aunque entonces no sabíamos bien contra qué, sí percibíamos que aquel lúcido loco, y en aquella época, era el hombre más libre del pueblo.

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