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Apariencias

01/10/1994

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Inmerso en la batalla del día que nace, mosqueado, las más de las veces, por los vericuetos inmundos de la diaria tragicomedia, como todos los que tenemos el privilegio de ser oyentes en esta España de misioneros sedentarios, me predispongo a consumir mi pequeña partícula de historia, a cumplir el destino prediseñado, esa primera etapa del día inmerso en la locura cotidiana. Y a veces, en esta hora de inicio, me da en pensar en esa vida tan dura que soportan quienes mandan. Cuántas renuncias, sacrificios, desvelos frente a esta persistencia en la ingratitud que hemos adquirido vía intravenosa, virus del presente que va desgastando la credibilidad del poder.

Sólo el cántico de algún gorrión despistado, que tose en silencio sobre los árboles desnudos, me da razón biológica de un pasado, al parecer, fundido con la naturaleza, en el que era imposible ser anónimo, pues no existía Telecinco ni el Centro de Investigaciones Sociológicas. Somos, dicen los antropólogos, comedores de yerba que el tiempo y el medio perfeccionaron hasta cotas de canivalismo inconfesables. Pero me resisto, siempre, a las afirmaciones categóricas. Qué sé yo lo que somos; y además, qué importa, si parece que la crisis se derrumba aunque nada se levante.

Cuando bella y glamourosa ministra Alborch sonríe, el mundo pierde importancia. Confieso cierta debilidad incurable ante los cabellos populosos y rojizos del cuerpo ministerial, ante sus labios desvergonzados que no tienen recato en mostrar su abundante y blanca dentadura y ese rostro que rebosa simpatía aunque nada de lo que conforma el ambiente de razones para ello. Seguramente, Felipe Gonzalez quedó cautivado por idénticas magnitudes y pecados militantes. Quizá consciente de la ausencia de una sonrisa en el gobierno, todo régimen que se precie necesita una sonrisa, encontró en la señora Alborch el modelo de la sonrisa imperdurable.

Ella, la bella, confesó hace días, en ese típico momento de debilidad y dulzura que tienen los ministros al anochecer, que su verdadera aspiración es la de ser hippy en Ibiza. O sea, que está ya harta de tantas cremas reparadoras, pinturas bélicas, gimnasias, peluqueros pesados y maricones, cócteles, recepciones y sobre todo tanta esclavitud ante la moda que conlleva lo de ser ministra. Alabemos lo bien que disimula la musa. No se le ve por fuera lo de hippy, pero cuán verdad es aquello de que las apariencias engañan. Guerra, por ejemplo, parecía aspirar a Maquiavelo ibérico, y en el fondo, sólo deseaba ser, al igual que Machado en Soria, un modesto profesor de literatura en un pequeño pueblo perdido de la Andalucia profunda. Narciso, que brega con los subsecretarios y no neguemos lo aburridos que deben ser, lo que realmente le encantaría es tocar valses de Chopín y dirigir los Consejos como una orquesta de música barroca.

Hasta González, del que teníamos la sensación científica de que su biología profunda era la política, en el fondo desea retirarse a un Chalet perdido en una sierra, con Carmen y los niños al lado, como en la Casa de la Pradera, lejos de tanta prosopopeya y lienzos goyescos, de tanto protocolo y agenda, que en el fondo, todo eso no es más que una sutil manera de perder la libertad. Y así, aunque González haya manifestado últimamente traspasar el milenio con más de lo mismo, esto no es sino un enorme sacrificio y renuncia personal.

¡Cómo es posible nuestra ceguera ante los mejores de la tribu! Mario Conde, insisto, quien parecía un tiburón financiero, el rey del pelotazo en la escuadra, símbolo del magnate triunfador, nos tenía engañados. Debajo de ese caparazón de maquiavelismo y osadía pragmática e insensibilidad había un sensible compositor de palabras, un intelecto creativo y mordaz con el Sistema -ya quisiera para sí Goytisolo-, un procaz aspirante a escritor comprometido y fino. No tenemos nombre. Es como aquello del poeta, que despreciamos lo que ignoramos.

En este país en el que casi todos deseamos huir de lo que tenemos, que es una burda manera de insultar al destino, sólo Belloch y Pujol quieren ser lo que son. El uno, sumo pontífice; y el otro, mando en plaza, que no es otra cosa tener un ministerio. Y los hados, que son caprichosos y gustan de desorientar a los humanos siendo escuetos con unos a otros inundan con la abundancia a manos llenas. Pujol no solo es defensor de sus esencias inalterables, sino que es razonable pensar que en el Vaticano catalán, que es la Plaza de San Jaime, los siglos venideros verán su esfinge ondeando en el bronce de los tiempos. Y Belloc, que quería un ministerio, miró a los cielos y dos cayeron como las Tablas de la Ley. Lo que darían algunos por una delegación en provincias.

Esta vida está llena de apariencias que esconden la verdad. Y nosotros, esclavos de nuestra poca fe, practicamos la injusticia cotidiana de dar caña al ministro como si no fuese tan humano como el panadero de la esquina. Total, y todo por pagar cuatro impuestejos de allá quítame unas penas nos creemos con ese derecho.

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