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DEJAR MORIR

23/11/2013

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No sé si lo enseñan en las escuelas de negocios con áspera frialdad, o es algo atávico con un punto de predestinación hacia lo agónico, o es un fluido que sale de los textos de acero de Milton Friedman, dios friático de este liberalismo absolutista de inmoralidad económica y becerro de oro, no sé si es solo dejadez de gestores públicos incompetentes hasta la médula, o quizá echar las cuentas a unos años, muchos años, en los que el Estado cogía la bandera de la justicia social, yo qué sé, igual es un poco de todo, pero dejar morir las cosas se ha convertido en uno de los sistemas más preclaros de gobernar.

Y ojo, que no justifico el derroche del final de esa etapa (en el que incurrieron los dos partidos, solo hay que fijarse en Valencia o Madrid), pero vencer a un virus no es quemar la aldea con la gente dentro, sino encontrar el antídoto para dominarlo. La solución no es dejar que unas cosas y otras se mueran mientras la sociedad se empobrece, generaciones se angustian, aumentan los pobres entre la clase media y baja, la gente del pueblo se acostumbra a no permitirse una ilusión, y el sacrosanto consumo no despega porque casi todo el mundo tiene miedo de algo.

Dejar morir no puede ser la solución. Dejar morir la T-4, dejar morir la sanidad pública, la educación pública, dejar morir las cámaras de comercio, las ayudas al buen cine, las bibliotecas, las asociaciones juveniles, deportivas, equipos de balonmano, de baloncesto, que no encuentran en el sector público un mínimo apoyo para subsistir con lo mínimo. Y que conste que el derroche no fue en la cultura ni en la educación ni en la sanidad (al margen de que se necesitara mejorar la gestión), pues estábamos en ratios inferiores a los países desarrollados europeos. El derroche fue en el sistema financiero (las cajas al frente), en el ladrillo y en la megalomanía política de obras públicas innecesarias, que convirtieron a muchos de nuestros próceres dirigentes en faraones inabordables.

También hay que pensar que, como la economía es una ciencia sicológica, la estrategia mediática del gobierno de satanizar los años de Zapatero, aumentando los errores, ha creado una percepción social de derribo. Pero sin embargo no son capaces de generar un discurso de esperanza, porque dejando que muera todo, y que el estado se esclerotice, se abunda más en el miedo y se hunde más el consumo.

Decía Azorín que el buen político es el que antepone el bien común a los intereses de partido. Creo que ese buen político lo vemos poco. Lo dicen las encuestas, la opinión a pie de calle, el comentario más común en los bares. Necesitamos gestos que se alejen de la lucha partidaria, y se acerquen a la dura realidad del día a día en la calle.

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