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JULIO SIGUE IGUAL

20/07/2013

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Me acuerdo de que rozaba la frontera de la adolescencia, y que el amor asomaba sus primeros pulsos oscuros y luminosos a mi corazón, cuando vi por primera vez a Julio Iglesias. Fue en los jardines interminables de mi pueblo, allí donde manos de obreros municipales habían cercado los bellos frisos talaveranos, y creado un escenario cochambroso. Creo que hace de aquello cuatro o cinco siglos. Esa es la sensación que tengo, pues ahora que trasiego la frontera de los cincuenta, mi percepción del tiempo pasado ya se mide por siglos. Pero bien que recuerdo que no teníamos pasta para ver la actuación, que era mayo o septiembre pero el calor parecía venir importado del Sahara, y que nos subíamos a los bancos, o incluso a los árboles, para ver desde fuera el ritmo meloso y sosón del cantante de moda. Entonces le rebosaba la juventud por las mejillas, aunque ya tenía diseñadas las futuras entradas de su frente.

Ahora vuelve, y lo primero que recuerdo es que sólo he escrito en mi vida un artículo sobre él en el Diario de Caracas. Y que ahora siento, como entonces, por razones desconocidas, un ansia de escritura grotesca (cachondeo in vulgus termino) irreprimible. Será quizá por esa manera de hablar que tiene el galán, en la que mutila sílabas y palabras, eiveido a ciudaral oazón aantá is elodias diiempre, ei. O por ese estereotipo de don Juan machista ibérico redomado, al estilo Arturo Fernández, de esos que consideran a las mujeres gatitas tiernas susurrantes, o corderitas mansas, y alardean del Record Guiness de polvos diferenciados. O quizá porque su batalla contra el tiempo tiene poco de Fausto y mucho de bisturí, como esa gente que se estira tanto la piel que llegan todos al mismo rostro sin expresión, labios bembones, ojos de susto eterno, nariz respingona que se abre abajo y cuello más arrugao que una camisa de lino.

En el caso de Iglesias su nariz mantuvo ese perfil perdido, que como la cara oculta de la luna, nadie ha visto. Pues por un lado es recta y por el otro curva, tanto, que podría ser llamado pirámide, y decirse de él como en el soneto de Quevedo, que erase un hombre a una nariz pegado. El caso hermano es que bien se ve, me dice mi santa, que Julio Iglesias no es tu héroe. Claro. Ya desde aquel día primero, cuando solo vi a los lejos unos dientes y un micrófono mordido, me calló gazmoño. Esa ñoñería dulzona, ese enjambre de tontás, esos gestos amerengados acompañando a sus peroratas, esa visión de la vida simplona y esa capacidad de llevarse la pasta so pretexto de vender patria. O que varios siglos después siga igual por dentro y por fuera, como si la evolución solo fuese cosa de pobres. 45 años dando la misma tabarra y todavía le llaman. Qué pensar.

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