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Impotencia

16/09/1999

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A veces uno escribe un artículo, lo relee, lo corrige, lo mima, le da mil vueltas hasta encontrar las expresiones más ajustadas, hasta crear una forma, o un estilo, que básicamente consiga diseñar el mejor envoltorio para el producto pergeñado en la soledad de la creación. El folio vibra repleto, y el que escribe, frente a él, quizá ante la luz invasora de un flexo viejo, deja que en su rostro aparezca una leve sonrisa de satisfacción. Corregir la ortografía, descubrir ávidamente las comas y los acentos, es la última guinda que pone ese punto final a la vorágine de los dedos sobre el teclado. Luego, el paso siguiente: verlo impreso en el periódico, sentir cómo la forma se envuelve en otras letras distintas de las del teclado, cómo se integra en un mural de opiniones que exudan distintas miradas de la vida cotidiana.

Pero, ay, a veces, esa relectura del artículo en el periódico, es un mazazo frío que destroza el producto hecho con los arrumacos de la soledad, en el silencio, en la pasión del deseo de ver la obra bien hecha. En el papel prensa aparecen comas que no existían, puntos y aparte donde no estaban, algunas faltas de ortografía que nacen en el offset, y a uno le entra cierta desazón por el desafortunado final de sus desvelos literarios. Pero se conforma, ah, los duendes de la imprenta, que difíciles son de vencer.

Otras veces, malditos duendes, observa que el cambio de una simple letra que modificó una palabra, dejó inservible, o ilógica, una frase que cumplía su fin premeditado en el texto. Ah, qué angustia, resulta que la frase era básica, y se devana en el amanecer viendo que una palabra que nunca escribió aparece con su nombre, dardo injusto que en el corazón de las palabras las desangra, las deshace hacia otro fin nunca pensado. La impotencia es persistente, pero se supera, al fin y al cabo, un alto porcentaje del bosque de letras creado en el silencio permanece indemne. El artículo, aunque herido, aún vive en el trajinar de la mañana.
En fin, se dice, sigamos hacia adelante. Al fin y al cabo, esto sólo pasa de vez en cuando, y ya está. La impotencia se duerme al ver el ordenador en blanco, esperando ser violado con otro nuevo artículo que volverá a comenzar el mismo proceso. Dios aprieta, pero no ahoga.

Pero qué pasa cuando uno abre el periódico, va a las páginas de opinión, y se encuentra bajo su nombre y su fotografía, un artículo que nunca ha escrito. La retina casi se pierde en los confines del universo. La estupefacción es indescriptible. Un montón de palabras que otro mimó a su manera, en su propia soledad, raptadas, puestas a su nombre. La impotencia se adueña de su cuerpo como si fuera una interjección horadante.

Ahí está tu nombre, presidiendo unas palabras que nunca escribiste, apropiándose, que sin que tú seas arte ni parte, del trabajo de otro. Te gustaría que un instante se abriera el mármol ordenado de las baldosas, y te tragara la tierra, al menos por ese día, hasta que en el periódico siguiente el entuerto fuera remediado, al menos en la mente de aquellos que leyeran ambos periódicos.

Bien. Pues eso pasó ayer en estas páginas de opinión. Un artículo titulado "Aferrarse al poder", y que leí en otro periódico firmado por Pedro Peral, apareció bajo mi nombre y mi fotografía. No viene a cuento si estoy en acuerdo o en desacuerdo con las afirmaciones del artículo. Si viene, que me horroriza que puedan ocurrir este tipo de errores, que uno tenga que andar dando explicaciones a diestro y siniestro, si escribió o no escribió, si dijo o no dijo. En este país tendemos, desgraciadamente, a no creer al que se justifica. Pensamos que está mintiendo, diga lo que diga.

Desaforadamente, amargamente, solemnemente, pido que el error se subsane con las suficientes garantías de que todo vuelva a su sitio. Peral con su artículo, y yo con los míos, que como dice aquel hermoso refrán castellano, en esta vida, después de todo, sólo somos dueños de las palabras. Las palabras son nuestro único patrimonio profundo. Duendes, esta vez os habéis pasado.

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