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LA MUJER QUE BESÓ A GARY COOPER

08/04/2013

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Su mirada producía un sudor profundo. Su sonrisa envolvía como una túnica de dulzura y un ápice de pícara bondad que la volvía imposible. Su voz tenía unas notas de caverna suave, y sonaba como al oído, naciendo muy lenta de afuera pero tan potente adentro como para dejarte callado. Su nariz era pequeña, infantil, misteriosa. Daba un toque de enigma lejano que guardaba placenteros secretos de dicha y dulzura. A veces, cuando en las películas le correspondía poner el rostro altivo, lo elevaba en la penumbra, y el breve perfil de su nariz lucía entre las sombras resaltando la belleza natural con un toque de aristocracia. Le vi un lunar cercano que quizá la bajaba a la vida y la volvía de tierra. Pero siempre parecía una antigua diosa, un cisne por la bruma oscura de la noche. Y si tenía que ser feliz con una lágrima bordeando los párpados, pues la usaba para que los ojos brillasen como si tuvieran dentro candelas de magia, linternas forjadas en los laberintos del sueño.

La conocí en Ciudad Real, una noche de junio y frío. El despertar de las antenas al verano se estaba retrasando. El cielo recordaba las lluvias del invierno escondiendo su azul detrás del algodón del viento. Ella venía a inaugurar una actividad, y en cuanto la vi acercarse, pensé que lo más hermoso que tenía no eran sus diamantes azules despertando el vello de la oreja, o un collar de nácar y heridas, o varias pulseras de plata que al chocarse susurraban, sino su belleza nativa, su mirada oscura y enigmática, el brillo lento de su piel resplandeciendo bajo los candiles de la noche. Al acercarse le besé la mano y rocé sus arrugas de anciana orgullosa. Tomo la mía con las dos suyas y se la acercó a los labios. La rozó muy suave, dejándole restos de carmín vibrando en la piel. Atendió a todo el mundo como una reina. Su sonrisa jamás se despegó de sus labios. Su dulzura salió a raudales hacia todos, y a todos enamoró despacio, como si desde el principio supiera que eso pasaría.

En la cena tuve el honor de sentarme a su lado. Así que no perdí la ocasión de conversar cuanto me fuera posible, pues la voracidad de la escritura me devoraba por dentro, y en ella veía una fuente inagotable de historias. Hombres bellos, inteligentes, ricos, sabios, ignorantes…, habían dormido al lado de sus sabrosas carnes. Famosos y anónimos se habían declarado vencidos por el poder de su perfil misterioso. Había ocupado sueños solitarios, reinado en multitud de corazones, y se le notaba en los gestos que se sabía un capítulo de la historia de este país. Y también que había sido pionera al acercarse a la corte del cine. Una estrella en Hollywood de atrayente poder latino. Una sensualidad árabe, una sombra de furtivo placer que se desliza. Le pregunté por todos. Anthony Mann, Burt Lancaster, Raff Valone…, pero sobre todo por si la mirada azul, arrogante y triste, de Gary Cooper era como la del cine. Me comentó que tenía los ojos azules como el mar. Un hombre educado y sereno que miraba a las estrellas. Todo un caballero. Y entonces le pregunté, con muchísima delicadeza, por el tipo de relación que habían tenido.

Y se puso seria. Miró hacia el plato vacío, como si su fondo fuera un espejo en el que era posible mirarse. Y después de estar un rato meditabunda me entregó una sonrisa pícara y amable. Qué beso más dulce, más encantador, más subyugante. Era todo un caballero, amable, delicadísimo. Podría haber sido el hombre de mi vida, pero era imposible. Y al terminar de hablar rozó mi mano con sus dedos. La plata sonó un instante y silenció, como el murmullo ambiente de la cena, algo tumultuosa. Todos miramos a Sara. Las autoridades, los amigos, el público…todos nos sentímos serenos en el dulce discurrir de su belleza.

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