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Las mulas de Herri Batasuna

08/02/1995

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En este asunto, si algo no expresa ya el sentimiento, son las palabras. Y más a estas alturas, cuando otro hombre pacífico ha sido destrozado por la dinamita después de más de ochocientos asesinatos injustificables. Sin embargo, a pesar del hastío y la sobreabundancia escrita, guiado más por una pasión antiviolenta que por el friso de la oportunidad informativa o el análisis histórico, y creyendo, con Taine, que nada hay tan peligroso como una idea general en un cerebro estrecho, me adentro en el análisis del irracionalismo puro en su estado más cavernícola y maligno.

Si Azaña, que definía a la mula en uno de sus ensayos –“Plumas y palabras”- como animal español por excelencia, refiriéndose a cierto sector de la tribu ibérica avezado en practicar el monolitismo mental, viera el actual ejemplo de la tribu etarra-batasuna, su diálogo a fuego mortal, comprimiría la poco piadosa observación sobre la intransigencia hispana en la calidad cerebral que adorna a los jóvenes de Jarrai o a las carrozas trogloditas de Herri Batasuna y ETA.

La mula es animal etarra-batasuno por excelencia, aunque hoy la escolarización obligatoria llegue hasta los dieciséis años. El corpus teórico y mitinero de los meseros de KAS and Company tiene toda la apariencia de ser rumiado por aquellos que pocas más células de pensar tienen que los asnos -y he de pedir excusas a la especie asnal por tan odiosa comparación, en la que sale mal parada, pues la irracionalidad del borrico es sabiduría plácida comparada con la de los barbudos pistoleros vascuences, y aquellos que loas apoyan o consienten-. Lo más humano que ofrecen es ese rostro apático, frío, sobrio, cínicamente pétreo, como el que ponía en los filmes Vito Cascio Ferro, don Vito Corleone, cuando sentenciaba a muerte a alguno de sus enemigos.

Cuando hacemos una simbiosis entre la frase azañista -la mula es animal español por excelencia- y el concepto batasuno de la inteligencia, estamos insultando a un género y dos especies animales. En primer lugar insultamos a las mulas, cuya praxis violenta a lo más que llega es a cocear perros vagabundos, que además son escrupulosas en el cumplimiento de los mandamientos de Moisés y no desprecian a otras mulas porque no hayan nacido en la misma tribu; no hablan nuestro idioma, ciertamente, mas si lo hicieran, seguro que ya se habrían rebelado por convertirlas en militantes del cerrado nacionalismo vasco.

En segundo lugar, insultamos al reino animal, porque confundimos el cerrilismo mental que lleva al asesinato, con la lucha por la supervivencia y el equilibrio natural de las especies, leyes escritas en la historia de la naturaleza. Y, en tercer lugar, insultamos a los españoles, no por el precedente mular y animal, sino por la evidencia de que gentes que intelectualmente ofenden a los asnos, mal que les pese y nos pese, les llama españoles del DNI, afectando sensiblemente, de manera negativa, a los ratios medios del coeficiente intelectual de Estado, lo cual, en un mundo como éste, en el que todo funciona por ratios medios, tiene su coste especulativo en los medios financieros. Luego, los inversores se lo piensan.

Cuando el nacionalismo cacique, troglodita, cazurro ideológicamente y mafioso, de estos matones norteños, se empeña en manifestar la diferencia y el distanciamiento de lo español, pensemos que no hace otra cosa que gratificar nuestra decencia tribaria, pues así que ensamblan pezuñalmente lo diferencial de su naturaleza, lo agradecemos, ya que han hecho que su etnia suene a tribu de caníbales africanos, a sonido de danza macabra, algo así como “La danza de los batasunos”, un buen título para filme de Stephen King.

A estas alturas de la Constitución, y en esta sufrida tierra que cada vez menos gentes llaman España, con todas las letras, a las mulas de Azaña ya las pusimos en su suburbio intelectual con el imperio de la democracia, panglosiano envés del cerrilismo histórico. Sólo queda ese reducto de asesinos en la tierra vasca. Esperemos que merced a la extensión genérica en aquella nación del sentido común, algún día aquellos cien mil hijos de la parabellum sean como esos mastodónticos restos prehistóricos que la climatología mantiene en conserva, para que los arqueólogos puedan realizar sus tesis doctorales.

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