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EN EL NOMBRE DEL VIEJO

26/01/2013

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Manuel, aquí en la seca llanura manchega quiero que pongas mi voz. Viví la amarga guerra y morí en ella aunque todavía mi cuerpo siga latiendo. Sufrí el hambre y me alimenté de higos secos que me producían fuego en el estómago, pero quitaban el depredador profundo que con sus garras me arañaba el estómago por dentro, o sea el hambre. Y luego robaba el carbón de las vías. Era para venderlo, calentarme, o ahogarme, que alguna vez las oscuras brasas estuvieron a punto de asfixiarnos a un niño que nació, como decía Machado, para que alguna de las dos Españas le helara el corazón.

Sobreviví Manuel a la lujuria de la angustia. Y llegué a un día en el que la historia me puso enfrente una batalla, la de vivir juntos y en paz, respetándonos, queriéndonos, y entonces, con mi corazón enamorado, me dejé el sudor por todas partes, luché porque mis hijos y mis nietos no tuvieran que sufrir lo que yo sufrí. Mis manos, Manuel, todavía tienen tierra llena de raíces. Viñas, sandías, berenjenas, cereales… Las hundía hasta el fondo, porque creía que al fin mi sudor era también una raíz que crearía inmensos árboles que darían la sombra necesaria para mi gente.

He sufrido y trabajado toda mi vida Manuel. Los edificios, las carreteras, las empresas, los caminos que funcionan o todavía quedan, los hospitales que amortiguan el dolor, los jardines, las campos vivos, las enormes fábricas tienen mis huellas clavadas dentro del hormigón o la tierra, mi sudor adentro porque ahí me dejé la vida que creía haber perdido. Y no lo hice por mí Manuel. Yo ya estaba destrozado desde hacía mucho tiempo. Desde que este país demasiado cruel me arrancó todo aquello que amaba. Lo hice por mi gente, por la gente, y por ellos volví a ilusionarme y a levantarme cada mañana con ganas de coger la azada o ponerme el mono lleno de grasa y silencio.

Y me hice viejo, amigo. Como los elefantes, inicié el regreso a mi única casa, para morir cuando dispusiera el del Ojo Grande en la paz de las encinas, o bajo la sombra de los fresnos que todavía quedan agarrados al polvo del río muerto. Mi cuerpo llegó lleno de heridas viejas. Pero como consuelo encontré la caricia de los médicos. Y por ellos vivo Manuel, ya que cuando no me duele una cosa me duele la otra. Es que me he dejado los huesos en la vida. Y ahora solo quiero el consuelo de no sentirme abandonado.

Hablo mucho con Custodio y con Pili Manuel. El médico y la enfermera de urgencias del Centro de Salud. Solo saber que están ahí me da la vida. Ellos son la frontera entre la angustia y el consuelo. Y ahora me los quieren quitar porque solo somos cuarenta o cincuenta viejos los que nos estamos muriendo. Protesta Manuel, protesta por mí, que yo ya no tengo fuerzas.

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