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EL OTOÑO DEL RÍO

17/11/2012

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Por un momento tuve la sensación de que estaba en otro lugar. No sé, me imaginaba en alguna de esas ciudades del centro de Europa rodeadas por una vegetación frondosa y verdísima, por un cielo blanco en el que las nubes observan la lejanía de los pájaros. Allí un río de aguas mansas y desbordadas sale de la selva, se adentra por el canal de la ciudad, y otra vez se pierde por el horizonte que forman las cúpulas de los árboles. Se lo dije a mi amigo mientras observábamos el césped de un verde claro luminoso. Estábamos sobre un puente de aluminio, parecido quizá al que los zapadores tenderían sobre un río salvaje, según me dijo. Estábamos dentro de la luz amarilla del otoño. Nos rodeaba el muro soberbio y misterioso de los álamos. Al fondo, cuando ya los sauces y los chopos comenzaban a escasear, estaba la ladera de la montaña, las encinas con su rostro siempre viejo, el ejército ordenado de los olivos, la cresta húmeda del monte, casi tumbada, siempre despidiéndose del sol, siempre recibiendo sus primeras huellas de vida.

Aquí hay aguas extáticas y profundas, me dijo mi amigo. Señalaba a una lejanía cercana donde parecían aún más espesas. Algunos árboles rotos de la ribera besaban el cauce. Allí el río se estrechaba y era tanta su quietud que parecía un espejo sucio en el que se reflejaban los primeros rostros de los árboles, los vestidos de algodón que cubren el cuerpo de las nubes. Durante la guerra, me dijo, echaron varios tanques y camiones al río, y allí reposan, como cuerpos del ayer que ya nadie recuerda. Luego elevó sus ojos y se quedó silencioso a mi lado, observando, mejor sintiendo, un árbol que el río había arrastrado y ahora reposaba tendido en el agua. Parecía un cocodrilo inmóvil que espera la cercanía de la presa.

Llovió al mediodía, llovió muchísimo. Pero al atardecer el sol impuso su dominio. Se coló entre las nubes como un emperador que reclama su trono. Los árboles, la tierra, todo el paisaje, lo agradeció volviéndose más incierto y hermoso, sembrando en la imaginación de los ojos la sensación de visitar tierras enigmáticas y vírgenes. Los juncos parecían nacer en la misma cuna del agua. Los nenúfares, escondidos en los recodos, dormían en el agua verde, quizá niños del tiempo que se han olvidado de avanzar para perderse en la vida o en el río.

Si te olvidas de las laderas llenas de olivos y encinas puedes imaginar que este río es el Danubio, le dije a mi amigo Juan Carlos mientras paseábamos con la familia. Íbamos con Nieves y Javier por la tierra blanda del Bullaque, dentro del otoño del río, bajo unos álamos que estallaban de luz y belleza a nuestro lado. La lluvia se había retirado un rato del cielo, para dormir quizá su siesta misteriosa.

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