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Pavarotti

03/01/1998

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Yo no soy de los que se entregan sin raciocinio a las algarabías de las últimas noches del año; no me diluyo desmembrado de mí mismo en la discoteca que huele a langostinos impregnados de residuos alcohólicos o en la neblina decembrina, como espectro perdido por las aceras, esperando a que abran las primeras churrerías para llenar de algo sólido el estómago después de cientos de cubatas y anises y champanes y polvorones nocturnos con sabor a polvo de serpentina y a canciones asturianas. Suelo quedarme en mi casa con algunos amigos tan aburridos como yo. Allí, simplemente charlamos adorando un vino de lujo o un jerez de campanillas mientras oímos las voces que se pierden por las calles de los noctámbulos penitentes del fin de año.

Las pandillas van pasando, y a veces, es tanto el silencio invadido, que hasta se oyen las meadas en las esquinas, o los primeros besos del año como un rumor oscuro y prohibido que sisea palabras mentirosas. Hace ya varios milenios que decidí no ser asiduo al mogollón crepuscular, al rito impuesto de las risas desbocadas o cena última del año neroniana. Al fin y al cabo, pienso que no es tan sorprendente que al finalizar un año venga otro. Lo sorprendente sería que no viniera ninguno y volviéramos a repetir el acabado. Además, la última vez que participé de conmilitón en ese tipo de tarumba nocherniega, aún me recuerdo cantando Il trovattore en un pringoso karaoke de un horroroso pub cordobés, de cuyo nombre no quiero acordarme, intentando retirar a Pavarotti de la ópera, yo que no me atrevo, por respeto a la familia, a tres o cuatro débiles gorgoritos en la ducha. Pase todo, me dije después en la soledad de mi cuarto, destrozado, ánima naufraga, frente al espejo estupefacto, como un rastrojo de mí mismo.

Pase, me repetí, los garrafones miserables o las figuritas secas que saben a paja, el bakalao atronador o los pisotones de las devoradoras de productos Macdonald, el sopor húmedo del ambiente festero o las filigranas de la muchedumbre de senos gelatinosos invasores, pero acabar destrozando a Pavarotti en la madrugada, henchido de churros danzarines, es ya demasiada herejía. Eso es orgiástico atrevimiento baritonal imperdonable.

Desde entonces, desde que masacré a Pavarotti en una herejía oral imperdonable, la nochevieja en casa, familia y amigos.

En fin, os lo digo, cantarines del alba y otros atilas del karaoke: un respeto a Pavarotti, por favor.

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