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Misivas

23/03/1996

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El vicio de escribir cartas es una actividad en derribo. Si no, que se me diga quién recibe del cartero algo que no sea publicidad, comunicaciones bancarias o requerimientos recaudatorios. Lo más, algunas postales vagabundas que nos dicen el buen tiempo que hace en Canarias. La carta, ese género en el que caben los pensamientos más profundos y las mayores liviandades, es algo del pasado. Ya nadie escribe misivas al otro. Y en política, rien de rien: el único, Anguita, que lleva años carteando a González y persiste, aunque no reciba respuesta. El esencialismo vital de Anguita también se ve en estas ansias epistolares que tan mal se llevan con las modernas técnicas cibernéticas. Ahora, los carteros sólo llevan una enorme faltriquera llena de folletos inútiles.

La gente no escribe cartas, llama por teléfono o envía un fax. Incluso, desde una perspectiva literaria, la misiva es un género ausente en las estanterías superventas, y en los concursos de escritores, premian diarios desnudos, que son como una carta íntima en la que no intervienen los buzones de correos. Ya nadie se cartea. Las familias se llaman en los cumpleaños, pero no se ponen unas letras. Por eso sorprende que Anguita insista en ese género tan trasnochado, si no es porque entiende que se expresa mejor en la epístola que en la pregunta parlamentaria. Siempre el ropaje epistolar tuvo cierto halo de sincero, de estriptis sentimental, y quizá por eso el líder de IU, que tiende al verbo sin maquillaje, le escribe al presidente, quejándose de la propaganda maniquea del 3-M. Lo que ya no sé es si sirve para algo, porque González no lee sus cartas, y aunque se publican en la prensa, me da que la gente tampoco.

La historia del hombre está llena de cartas hermosas, desgarradas, tristes. Siempre recuerdo aquellas de Antonin Artaud a Génica Athanasiou, cartas lúcidas impregnadas del más hondo sentimiento, y pienso que todo ese torrente de desnudez sentimental, onírico y surrealista, habría quedado extemporáneo vía Internet, viajando por clavículas cibernéticas y extraños aparatejos de plástico. O las cartas de Voltaire, que era un intelectual como Dios manda, y escribió a amantes, abates, marquesas, duques, reyes, barones, novelistas, hasta al papa Benedicto XIV, del que se declaraba el más devoto, humilde y rendido servidor.

Los intelectuales de hoy no tienen tiempo para el papel timbrado. La carta desaparece. Mientras unos hacen vídeos, Anguita escribe cartas. En esto, también es un líder diferente.

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