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AMOR EN EL CIBERESPACIO

03/02/1997

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Eran dos suaves flujos de luz, vocablos solitarios navegando por infovía, con su lívida piel de palabras, solos en el cielo cibernético, con sus dedos nerviosos, su feliz tintineo en la pantalla y ese corazón electrónico a punto de estallar por el deseo.Se conocieron en el IRC, vía 386 de una triste y solitaria emisora telemática de Amsterdam. Él vio su nombre en la pantalla, y simplemente, hizo clic sobre aquellas dos bellas sílabas: Linda. Después le envió un chat osado que aterrizó al instante casi en las antípodas. ¿De dónde eres, Linda? De Sidney. ¿Y tú? De Sevilla. Ah, la Giralda, Rojas Marcos, Chaves. Conocía Sevilla porque estuvo en la Expo y no se perdió una inauguración. Qué español más diáfano dices, Linda. Es que hice un cursillo en Fuengirola con Bobi Robson, le escribía. ¿Cómo eres?, preguntó picarón. Como Marilin Monroe, rubia, maciza, sensual. ¿Y tú?. Imagina un intermedio entre Carlos Moyá y Arnold Suaszeneger, con la mirada más azul que Mell Gibson.

La verdad es que él, físicamente, era una perversa mezcolanza de Cipriá Ciscar y Chapis, el de Telecinco, pero aquel día su rostro podría ser un sueño desmandado por Internet. No sé, siento que te conozco, tecleaba ella, me suenan tus puntos, tus comas, tus admiraciones, tus interrogaciones. No me conoces, le respondió, soy una voz íntima que suena en tus sueños blancos. Y continuaban flirteando como dos adolescentes: escanéame el alma, acaríciame el windows, ten mi Lexmark Plus, mi modem, mi software, mi kit, mi paasword y mi Oficce 97. Ojalá naufragáramos en un Web solitario adonde nadie fuera capaz de llegar nunca, se decían a dúo. Y después, el primer beso telnet, aquel que recordarían para siempre mientras miraban sus numerosos hijos nacidos por infovía. Somos amantes de los que vendrán, Linda. Somos palabras dulces, Antonio.

Era un amor cibernético. El nunca la vio en rulos, ni en bata, ni ella padeció el insomnio de sus ronquidos y jamás discutieron por el mando a distancia; nunca vio su rostro ni supo de qué poesía era su cuerpo desnudo o cuales los tic habituales mientras fumaba. Para su teclado era un sueño con los labios tan rojos como Marilin. Y ella jamás supo de su persistente olor a cerveza barata, ni de su cadera oronda. Eran un magma electrónico vagando continentes dentro de los cables submarinos de telefónica. Te amo, Linda. Te amo, Antonio. Hasta mañana. Opción Bye. Y el ordenador se apagaba.


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