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EL ALMA DEL VINO

08/03/2012

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(breve texto del libro El alma del vino, de próxima publicación en Editorial Eneida)

Amigo lector, en primer lugar, siguiendo los dictados de aquel refrán que nos dice que es de bien nacidos ser agradecidos, deseo agradecerte que tengas este libro en las manos, que atrapes sus letras con los ojos y te dispongas a viajar con él por las estancias del vino en alguna de las estanterías de la historia y la literatura. Si no lo has hecho ya, hazme caso y abre una botella de vino. Lee con una copa en la mano. Ve degustando el vino a la vez que las palabras lo llevan de los ojos a tu cerebro, del paladar hacia tu mente. Lee y bebe. Y espero que con la fuerza de las palabras y la andanza por tu paladar del líquido puedas saborear el vino más allá de su estructura y su color.

Qué la poesía nade por los taninos y cruja en el paladar como una invasión de sentimientos. No olvides que sólo el vino se puede beber con su alma, que sólo el vino se puede elevar a lo solemne. Quiero abrir las carnes de su cultura con poemas, frases y textos que destacan entre la multitud de palabras que lo engalanan. Porque algún dios le dio a la tierra el poder de crear la alegría. Y la alegría se soltó de los calabozos como una prisionera indomable y se fue luego de viaje recorriendo razas y culturas, historias y leyendas, ríos y océanos, valles y llanuras que parecían luminosas cuando los dedos del firmamento soltaban el licor de las uvas por sus sombras.

El vino es la alegría. Es esa presencia profunda que siente latir sin dudas al corazón; esa brisa rotunda que deshace los coágulos del dolor en el alma. El vino era una dama blanca que llegaba vestida de fiesta para acariciar las cicatrices de los cuerpos tristes con manos de olvido. Daba esperanza al que ya no tenía esperanza. Con el vino se perdían por las alcantarillas de la noche los días amargos. Conseguía que los enemigos cantaran juntos al atardecer como niños locos viendo nubes lejanas. Abría el pecho de los pobres y les sacaba el gozo y lo lanzaba por el viento para crear una bandada de sueños apacibles. Y se perdía el dolor como una barcaza que se adentra por el río del olvido. Y el dolor se diluía con las riadas del invierno como si fuera el hielo que la primavera deshace y luego convierte en el latido de una fuente perdida.

Brisa dulce que llegaba de los viñedos verdes. Olor a pasas y sombras, olor a enigma de la tierra, olor a madrugada llena de pespuntes brillantes saliendo por el horizonte. La luz nacía y se quedaba en lo profundo de la viña. Era un esperma que llegaba del firmamento. La luz se pisaba y se extendía como sangre del cielo por las uvas destrozadas. Olor a mosto en los domingos de primavera. Clarines del dios de la felicidad por los rincones del aire.

Es en el alma del vino en donde he visto escrita la historia con canciones amorosas. En el brillo de las tardes del otoño es en donde he visto todos los colores imposibles de la vida. Las penumbras del atardecer me han mostrado un mar verde sobre la tierra árida. Y luego, resistiendo el verano, la semilla ha ido cruzando sus pasadizos hasta llegar a los labios como llega un viajero a su posada.

Quiero que sepas que deseo hablar del vino y de su piel intemporal, no sentir la enciclopedia ni la antología, sólo la esencia.

Y qué mejor manera de abrazar una esencia que sentir su alma, esa que dijo Baudelaire. Da un trago a tu copa y siente:

Cantó una noche el alma del vino en las botellas:
¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado,
desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos,
un cántico fraterno y colmado de luz.

Disfruto de un placer inmenso cuando caigo
en la boca del hombre al que agota el trabajo,
y su cálido pecho es dulce sepultura
que me complace más que mis frescas bodegas.

¿Escuchas resonar los cantos del domingo
y gorjear la esperanza de mi jadeante seno?
De codos en la mesa y con desnudos brazos
cantarás mis loores y feliz te hallarás;

encenderé los ojos de tu mujer dichosa;
devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores,
siendo para ese frágil atleta de la vida,
el aceite que pule del luchador los músculos.

Ah, quién escuchando estos versos no puede sentir el alma ancestral del vino por las venas del oxígeno del tiempo. Echa un trago suave y reposa, siente la luz del néctar recorrer tus venas con su dulzura. La poesía traza el diseño exacto del alma del vino. Un alma que tiene una vida propia profunda creciendo en cada una de las gotas que viven en la copa, apelmazadas como escenas de una obra alegre en los oscuros o diáfanos cristales de la botella.

Sí, querido lector, cuánto han escrito de éste alma los grandes poetas, los agudos filósofos, los novelistas perspicaces, los profetas de la antigüedad...en fin, los sabios que en el mundo han sido. Es un alma llena de leyendas que se pierden en las más lejanas habitaciones del tiempo. Son incontables. Tan lejanas que aún no sabemos en dónde nació la primera raíz de la uva silvestre. Aquella cuna permanecerá para siempre enterrada en el arcón que existe más allá de la historia. Ahora bien, sí sabemos que el viento distribuyó su fruto por todas las culturas, desde el Gilgamesh babilónico, compuesto hace más de cuatro mil años, hasta el Libro de los muertos de los egipcios, que cuando manchaba sus páginas de vino se convertía en el libro de los vivos. Honor a los muertos lector, echemos un trago en su memoria mientras recordamos que los antiguos profetas tuvieron múltiples andanzas con el vino. En la Biblia se cita, sin ser verbo, alrededor de 600 veces.

Noé era viticultor. Probablemente cultivaría esa Syrah de la que se han apropiado los franceses, pero que, mal que les pese en su plomizo chovinismo, procede de Persia. Allí había una ciudad llamada Shiraz. Y al norte, en las laderas del monte Ararat, es en donde Noé tuvo su viña. Dice el Antiguo Testamento:

Y Noé, agricultor, comenzó a plantar una viña. Bebió vino de ella, se embriagó y quedó desnudo en medio de su tienda.

De lo que se deduzco, querido amigo (a la tercera copa, después de unas pocas páginas, permíteme que te trate con esa confianza), que Noé es el primer “soplado” del que se tiene constancia escrita. En verdad es una pena que el personaje bíblico, tan conocido por su embriaguez como por haber salvado el mundo (es el primer Bruce Willis del que se tiene noticia) no hubiera podido leer a Anacreonte para saber cómo gozar sin perder las vestiduras.
O que no hubiera podido leer los consejos del Eclesiástico. Allí se nos advierte de los peligros de la francachela vitivinícola. Es como el padre que alecciona a la prole: Hija mía, hijo mío, cuida de poseer lo que deseas y no que lo que deseas te posea, y además, si tienes a la fuerza motriz de la noche perdida consejera existencial, te pasaras con todas tus armas y bagajes al paraíso de la perdición, que es laberinto de las pasiones desatadas. En consecuencia corazón, debes saber cómo regaña el Eclesiástico a los que convierten la divinidad del vino en ofuscación de la conciencia:

A los aficionados al vino, no los incites a beber, porque del vino viene la perdición de muchos. Como el fuego prueba la dureza del hierro, así el vino bebido hasta embriagarse descubre los corazones de los soberbios. Vida tranquila para los hombres es el vino usado con sobriedad; serás sobrio si lo bebes con moderación.

Esa bronca es un siseo suave en la oreja si la comparamos con las advertencias condenatorias que realizaba el profeta Isaias a los pecadores que caían en manos de la curda. No bebas ahora, sólo prepara tu lucidez para que desde la iluminación de la mesura te embargue el gozo del néctar de los dioses:

¡Ay de los campeones en beber vino,
de los que alardean en mezclar licores;
(...)Como la lengua de fuego devora la paja
y el heno desaparece en la llama,
así se pudrirá su raíz,
y su flor volará como el tamo,
porque han rechazado
la ley del señor todopoderoso
y han despreciado
la palabra del Santo de Israel.

Sí, querido amigo, El Eclesiastico y el profeta Isaías son como la Guardia Civil, sólo que con más literatura.

Y les asiste la razón: templanza, que como nos dice, en este caso el Eclesiastés no el Eclesiástico, que lío, “El vino alegra el corazón del hombre”. Ah, y perdona, seas hombre o mujer, el machismo voraz de la sentencia, piensa que en aquellos no existía la Ley de Igualdad de Géneros.

¡Y vaya que si en asuntos vinícolas tiene mucho que decir la mujer! Existen investigaciones que demuestran que ellas tienen mayor capacidad natural para captar los aromas y sabores del vino. Cada día el mundo del vino es más femenino y la ostentosa preponderancia masculina del pasado está modificándose. Es el largo camino de la igualdad. Aunque cada día es más corto. Pues son ya varias las mujeres han ganado el Campeonato Nacional de Sumiller que organiza la Cámara de Comercio de Madrid.

Los hombres tendremos que reconocer que el vino ha evolucionado hacia un cuerpo más femenino, pues es lógico que la sensibilidad y sensualidad femenina esté más preparada para captar su alma.

Observad la sensualidad y sensibilidad vinícola que hay en el Cantar de los cantares de Salomón. Ah, qué dulces, suaves, sugerentes, ilícitos cantos de amor profano. He aquí como la sencillez se puede aliar con la belleza:

¡Bésame con los besos de tu boca!
Tus amores son gustosos, más que el vino;
tus perfumes son gratos al olfato,
tu nombre, un ungüento que se vierte.
Por eso las doncellas te desean.

Llévame en pos de ti.
¡Corramos juntos!
Introdúceme, rey, en tu aposento;
gocémonos y alegrémonos en ti,
celebrando tu amor, mejor que el vino.
¡Con razón te desean!

…………………..

¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!
Puedes ver que el invierno ya ha pasado,
la lluvia ha cesado y ya se ha ido.
En el campo se ven flores,
llega el tiempo de los cantos
y el arrullo de la tórtola
se siente en nuestra tierra.
En la higuera brotan las yemas de las brevas,
las viñas en flor exhalan su fragancia.

¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!
Mi paloma, en las grietas de la roca,
en el escondrijo escarpado,
déjame ver tu figura,
hazme sentir tu voz;
que tu voz es suave,
tu figura, graciosa.
Cazadnos las raposas,
las raposas pequeñas
que destrozan las viñas;
que las nuestras están ya en flor.

……………….

Al huerto de nogales descendí,
para ver los retoños de la vega,
para ver si germinan ya las viñas,
si el granado está en flor.
No sé cómo, me puso mi deseo
en el carro del príncipe.

………………….

Ven, mi amado, salgamos a los campos:
pasaremos la noche en las aldeas,
iremos de mañana a los viñedos
para ver si las vides ya germinan,
si los pámpanos abren,
si germinan los granados.
Allí te entregaré yo mis amores.

Santo cielo, quién fuera el rey Salomón para poder sentir la caricia de palabras tan dulces y sensuales. Quién fuera el vino para poder entrar por labios que así recitan. Quien fuera el amor para sentir cómo el vino te hace estallar las entrañas o una viña para poder sacar con lentitud de la tierra la sangre del dios de la felicidad.

He aquí la viña, el cuerpo que contiene el alma del vino. Después del diluvio, el primer cultivo fue el de la viña. Y es lógico. ¿Qué mejor alimento podría germinar la tierra que el de la alegría de la supervivencia?

¿Y qué primer milagro podría realizar El Cristo que el de convertir el agua en vino? Creo que con ese sortilegio quiso decir que no estuvo entre nosotros para ser reo del dolor, sino para despertar a la alegría humana, basada en la aceptación de la vida, en respirar el oxígeno, ver la luz del atardecer o el alba, los paisajes y horizontes más hermosos, sentir la vida en todos sus ofrecimientos bellos, entre los cuales el buen vino goza un lugar privilegiado. Su primer milagro fue para que unas gentes estuvieran más felices.

Menudo milagro, convertir el agua en vino, aunque aquí, en estas tierras de cielo estreñido, el milagro sería convertir el vino en agua.

Y milagro de los dioses fue también el vino para los antiguos griegos. Los poetas, los filósofos, los médicos y los historiadores, escribieron tanto del vino como de la misma vida en sus esencias placenteras.

Dionisos, el hijo de Sémele y de Zeus es el dios de la alegría, de la vitalidad, de la resurrección a sus fieles. Lo dionisíaco es sinónimo de vida, de esperanza y futuro. De civilización.

Tucídides dijo que los pueblos del mediterráneo empezaron a emerger de la barbarie cuando aprendieron a cultivar el olivo y la vid. Y de ahí nació también un sentido profundo del gozo, de la creatividad, y de propiedades benéficas para el cuerpo.

Por eso ahora se habla tanto de vino y salud y escuchamos decir a los médicos amplias propiedades saludables del vino. Ya lo hizo Hipócrates, padre de la medicina, quien muchos siglos atrás percibió que el imperio de la suavidad, la delicadeza y el aroma llegaría al mundo de los vinos.

Los vinos jóvenes son más laxantes que los otros, por estar más cerca del mosto y son más nutritivos, y también los aromáticos más que los que no tienen aroma, por ser más maduros, y más los gruesos que los ligeros. Los ligeros son más diuréticos. Y los blancos y los ligeros dulces son más diuréticos que laxantes, y refrescan, adelgazan y humedecen el cuerpo.

Vaya, qué bien le vendría a algunas (y algunos) consumir una dieta realizada por el mismísimo Hipócrates. Vino blanco, dulcecito y ligerito para mantener la línea. Es una excelente manera de alegrar la monotonía de la lechuga solitaria aderezada con numerosas placas de jamón york, acelgas con sombra y ruedas esponjosas de piña natural. Pero en fin, metidos en el laberinto, lo mismo da blanco que tinto, por eso querido lector echa un trago a tu copa de vino con suavidad, lentitud y silencio, cierra los ojos, deja libre tu mente y piensa que estás bebiendo un poco de vida.

Por eso Sócrates bebía mucho más de lo que hubiera aguantado el gaznate de Noé. Según nos cuentan Alcibíades y Jenofonte jamás ser humano lo vio borracho. Por supuesto, tampoco roncando o desnudo, no como el del arca, que después de beber tocaba rústicas sinfonías con las narices y la garganta. Y que el vino griego era capaz de tumbar las neuronas más potentes de la filosofía.

El mismísimo Anacreonte recelaba tanto de los polifenoles griegos que pedía el vino con agua.

He muchacho, tráenos una jarra para bebérnosla de un trago sirviéndonos diez medidas de agua y de vino cinco cazos para que yo pueda divertirme otra vez sin barbarie.

Bien por Anacreonte, ya vimos que decía la Biblia que el gozo sin sensatez no es gozo, sino vicio e infelicidad. Esto no hay que cansarse de repetirlo para evitar que nuestro adorado líquido sea exterminado de los alimentos sanos.

Y oíd que el mismísimo Epicuro, a quien injustamente han trivializado como mero gozador de los placeres terrenales, habla de la mesura como sombra misma de la felicidad. Debieran los zampones y esponjas de taberna aprender sus enseñanzas y no citarlo con ignorancia, pues hace poco escuché, en uno de los vertederos televisivos habituales, a una moza mentecata, famosa, harta de silicona, decir que tal fiesta había sido digna de Epicuro. Más bien del asno de Buridán digo yo, pues no más neuronas había en aquella fiesta que en la cabeza del famoso asno, tan corto, tan corto, que le pusieron dos sacos de cebada y se murió de hambre el pobre por no saber decidir cual de ellos se zamparía. En fin, que así decía el gran Epicuro:

Pues ni las bebidas ni las juergas contínuas ni tampoco los placeres de adolescentes y mujeres ni los del pescado y demás manjares que presenta una mesa suntuosa es lo que origina una vida gozosa (...) El principio para lograr todo esto y el bien más grande es la sensatez.

Vaya, digamos que un botellón pestilente, aunque sea de refrescante calimocho, es contrario a las enseñanzas de Epicuro.

O que esas mesas de Navidad rebosantes de sólidos manjares, encharcadas en vinos y cavas, no son como muy sensatas, y seguro estoy que si el mismísimo Jesús apareciera, fustigaría muchas panzas navideñas con el látigo de asustar mercaderes.

Pero bueno, parece que me estoy poniendo muy franciscano. Así que, amigo lector, echa un trago de vino que vamos a arribar a las hermosas cumbres de la belleza vinática de Alceo y Anacreonte. Jenófanes o Arquíloco también amaron en sus palabras y en sus labios este maravilloso jarabe de la tierra.

El poeta Alceo, cuya vida transcurrió entre el arsenal de armamento de su casa y una sala contigua donde se celebraban alegres banquetes, clamaba sobre la inevitable y eterna fugacidad de la vida:

Bebe conmigo y entrégate al olvido, Oh Melanipo,
porque cuando la suerte me haya hecho atravesar el Aqueronte
¿crees acaso que podré atravesarlo de regreso
para mirar la luz resplandeciente del sol?
(...) Alejemos los tristes pensamientos,
y mientras seamos jóvenes
bebamos otra vez
aunque tengamos que sufrir los males,
a los que los dioses deseen someternos.

Bien por Alceo, sus palabras merecen llevar la nariz al borde de la copa, y aspirar hasta lo más hondo su amigable aroma, aunque no creo que se haya de ser joven para tomar dos copas, máxime cuando en la madurez los efluvios vinícolas, mezclados con las neuronas más sabias, producen una fertilidad en el intelecto más aguda.

Así es. Viejo o joven, está demostrado que dos copas de vino es la dosis correcta para recuperar la juventud sin demasiados aspavientos. Además no da negativo en los controles policiales. Así que como dijo Alceo, querido lector levanta tu copa y sigue sus placenteros consejos:

¡Bebamos!
¿Por qué hemos de esperar
a que se encienda la luz de la lámpara?

¡Bebamos!
Al día le queda sólo un dedo de vida.

¡Bebamos!
Tomad en vuestras manos las grandes copas,
compañeros.

¡Bebamos!
Porque el hijo de Sémele y de Zeus
nos ha dado el vino para que olvidemos nuestras penas.

Y eso es lo que hizo Anacreonte, olvidar las penas bebiendo vino y componiendo ditirambos que quitan las angustias del alma y los gestos amargos del rostro. Porque Anacreonte fue señor de las palabras, y con las palabras, poeta de la vida, además de creador de una pléyade de bates que fueron conocidos, mucho tiempo después, como anacreónticos.

Cuando los siglos estaban en el subsuelo del tiempo, el viejo Anacreonte, con el color rosado de Baco en sus mejillas, incendiaba el vientre de la tierra con palabras que eran capaces de sacar de las piedras de los secanos el alma de la uva.

Echa un trago lector, y repite con Anacreonte, en el silencio mojado de la lengua, estas palabras:

Cuando bebo el suave vino,
con un rapto placentero
a las nueve Musas canto
y con himnos las celebro.

Cuando bebo el suave vino,
los cuidados, los consejos,
alejándose de mi,
luego vuelan por el viento.

Cuando bebo el suave vino,
con guirnalda, que yo mesmo
me he tejido de mil flores,
la feliz vida sustento.

Cuando bebo el suave vino,
rociado con ungüentos
y abrazado con mi dama,
al amor canto en mis versos.

Cuando bebo el suave vino,
luego el alma desenvuelvo
como pez en ancho vaso,
y a los bailes me encomiendo.

Cuando bebo el suave vino,
mis desdichas sobrellevo:
bebe, huésped, bebe y vive,
que si vivo es porque bebo.

Ah, y sepamos que al gran Anacreonte, como al profeta Isaías, le molestaban los borrachos cantores, los que de madrugada, ufanos y danzarines, destrozan el canto coral y los sueños del prójimo unas veces con el Asturias patria querida, y otras con el trajín de ese vino que tiene Asunción, que como no es blanco ni tinto, imagino que será rosado.

Por eso decía Anacreonte que no podrá ser tu amigo ningún hombre que, en bebiendo, con voces descompuestas cuenta batallas, guerras y desgracias.

Aunque hablando de batallas y vino, quizá la descripción más hermosa que se haya escrito sobre una viña y sus labores fue la que hizo Homero mientras describía el escudo del soberbio Aquiles, hecho por el mismísimo dios del fuego, Hefesto:

Representó también una viña muy cargada de uvas,
bella, áurea, de la que pendían bellos racimos
y que de un extremo a otro sostenían argénteas horquillas.
Alrededor trazó un foso de esmalte y un vallado
de estaño; un sólo sendero guiaba hasta ella,
por donde regresaban los porteadores tras la vendimia.

Doncellas y mozos, llenos de joviales sentimientos,
transportaban el fruto, dulce como la miel, en trenzadas cestas.
En medio de ellos un muchacho con una sonora fórminge
tañía deliciosos sones y cantaba una bella canción de cosecha
con tenue voz. Los demás, marcando el compás al unísono,
le acompañaban con bailes y gritos al ritmo de sus brincos.

Estos versos bien que merecen, amigo lector, un trago largo, sereno, amable y silente, de esos en los que el líquido descansa en el lecho de la lengua como un cuerpo cansado de la batalla, en este caso, de la batalla de la vida.



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