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EL VINO, LA LUZ. INGRID BREGMAN

28/02/2012

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Estaba en el restaurante con un amigo que suele acompañarme en el arte de descubrir buenos cocineros. Su olfato y sus pelillos gustativos están tan desarrollados que suele citarme sus nombres antes de que pasen a las portadas de los suplementos. Además es un tipo sabio sin pedantería ni soberbia desmedida, por eso tenía claro que la nuestra no sería una velada sólo nutritiva para el cuerpo, sino también para el alma, que suele alimentarse con la luz de la inteligencia y el rumor de la sabiduría. En consecuencia me sentía feliz, pues esperaba nutrirme con uno de los mejores placeres de la existencia, el de la conversación y la comida, por supuesto con una botella de vino en la mesa. Una botella que poco a poco iba cambiando la oscuridad de su plenitud por la brillantez de su cristal vacío, invadido por el sol que entraba por el enorme ventanal de cristal opaco que había enfrente. De él llegaban multitud de colores nacidos de la luz descompuesta. Era una luz poderosa de este sol de invierno que, merced al cambio climático, le gusta seguir asomándose a la llanura y a las montañas desde un cielo despejado.

El ambiente en el restaurante era cálido y afectivo. Percibía en el rostro de los comensales un gesto de plenitud interior, aunque estuviesen en un acto de carácter puramente material. Esa plenitud resaltaba sobre todo en el rostro de un personaje frondoso y sudoroso que estaba al fondo, en un reservado que no le ocultaba de nuestros ojos y a la vez nos decía que allí había alguien importante merecedor de un trato preferencial. El personaje era un famoso de cuyo nombre nada recuerdo. Gesticulaba mucho y de vez en cuando miraba a la concurrencia para ver si le estaban observando. Yo le había mirado al principio un par de veces, al reconocer su rostro televisivo, pero enseguida me olvidé de él aunque le regalara durante la comida alguna que otra mirada imprevista. La verdad es que la conversación de mi amigo era tan subyugante que conseguía que me aislara del ruido ambiente.

Hablábamos de nuestros viejos sueños y pendencias universitarias, de las batallas que surgían instantáneas entre la fe y la razón (él era de los llamados cristianos auténticos, y lo sigue siendo), de los amores perdidos y ganados o las noches de poesía que no finalizaban al amanecer, sino cuando la ciudad se desperezaba y comenzaba a llenarse de gente portando maletines que nos anunciaban, sobre todo, la inevitable muerte de una noche bella. Y mientras hablábamos y descerrajábamos los múltiples baúles de la memoria, el sol se estrellaba de una manera muy bella contra el aire oscuro del restaurante. Mostraba al lado de los cristales esas pequeñas hebras de polvo que parecen nadar por el viento, pequeñísimos destellos de luz que aparecen y desaparecen según pasen o se acerquen los rayos del astro. El ambiente era tan amigable y locuaz que pensé en que jamás debiera finalizar la comida. Deseaba que la sobremesa continuara hasta que ya no fuera el sol quien iluminara la habitación, sino unos focos modernos, tipo zen, que había repartidos por el techo y las paredes. Ni siquiera algunas risas ostentosas, pedigüeñas de atención, que el famoso lanzaba de vez en cuando consiguieron que se rompiera la dulzura y paz de aquel momento de vino y recuerdos.

Hasta los postres fueron dos horas de goce intenso. En ese momento sentía que lo mejor que podría ocurrir era que no ocurriese nada. Pero como demasiadas veces desear una cosa es favorecer la contraria, mi amigo me pidió permiso para ir a saludar a unos colegas que había al fondo. Por supuesto que se lo di. Y entonces él fue al otro extremo del restaurante, en el que había un grupo de cuatro cuarentones muy bien alicatados. Tenían aspecto de vendedores de seguros, o quizá bróker, cosa lógica pues la Bolsa está cerca del restaurante. Cuando llegó mi amigo se saludaron con sorpresa y agrado. Él se sentó en una silla perdida y comenzaron una animada conversación. Seguí sus movimientos pero pronto retiré la vista. Después, consciente de mi soledad, no supe en qué ocupar la mirada mientras iba toqueteando con el tenedor las últimas hebras de un postre riquísimo, una especie de creps lleno de cabellos de ángel que me supieron a gloria. Me gustaron tanto que cuatro o cinco hebras perdidas que había en el plato no fueron perdonadas. Pero enseguida me cansé de mirar el mantel y comprendí que lo mejor que podía hacer era echar una mirada circular al público del restaurante.

Lo hice y casi todas las caras me sonaron conocidas. Sus rostros se habían ido almacenando en mi conciencia durante la comida y sus inevitables, pocas, miradas escrutadoras al entorno. Pero en este escrutinio más que en los rostros me fijé en las mesas llenas de copas y vinos variados, de manteles de encaje y cubiertos de plata entre los demás utensilios conocidos. Lo que más me llamó la atención fue ver como el sol se reflejaba en las copas creando un tintineo de luces ordenadas, chispazos de luz que se iban asentando en el líquido como si fuesen estrellas cayendo a un pequeño océano oscuro.

Me quedé atrapado en esa escena, sintiendo lo hermoso que es ver el color del vino iluminado por los rayos del sol. Según la densidad de los mostos, la luz conforma un impresionante mundo de matices que se mueven por la copa, minúsculas luciérnagas que nacen del cristal y aterrizan sin miedo, pespuntes trasparentes que llegan a las primeras estribaciones de los líquidos y duermen con su alma. En una mesa lejana observé cómo la luz levantaba la vida de un vino espumoso. Al aterrizar sus rayos las burbujas se revolucionaban, parecían átomos conscientes de su poder vivificador. Tres palabras, “plata, luz y sombras” me vinieron a la cabeza y me hicieron creer que podían ser el hermoso título de algo. Quizá un poema, un artículo, un cuento o incluso una narración que pudiera ser algo más que breve. Guardé la frase en algún archivo de la memoria hasta que llegara el momento de su nacimiento en la fantasía.

En otra mesa observé un vino blanco, ámbar, que aún mantenía un leve tono rojizo. Era algo así como resina de selva. Acogía la luz como si en la transparencia creada se escondiera algún secreto de la existencia. Más cerca de mi posición había un vino dorado, de alma joven y amarilla. Parecía enfrentarse a la luz o quizá apresarla para esconderla, pero luego armonizaba con ella como si ambos formaran parte de una imagen indivisible. La imagen de una luz oscura. La realidad me prestaba un hermoso oxímoron para la ficción. La luz oscura es la única que iluminó la cueva de un viejo enigma, quizá un poema (para mí todo poema ha de ser un enigma), porque el color de aquel vino lleno de sol me recordó a un poema olvidado que quizá no valga nada al recuperarlo, pero que con su ausencia está lleno de frases que dice lo que uno siente imposible de decir. Un día escribí que me gustaba la luz oscura del atardecer en el invierno profundo, en esos días en los que se esconde el cielo o se viste de algodón y nieve negra.

Mi amigo tardaba en llegar. Seguro que hacía mucho tiempo que no veía a ese grupo de pulcros pingüinos de la Bolsa. O quizá eran sádicos agentes de seguros que van por ahí recordándole a la gente que un día han de morirse y tienen que ir preparando ya el hatillo, dejando las cuentas saldadas y a la familia con buena herencia como dejó don Quijote, ya vacío de sueños, la herencia al Ama, a la Sobrina y a Sancho. Nabokov opina que Cervantes relató esa donación de una manera demasiado cruel, aunque muchos diríamos que lo hizo de una manera demasiado realista. Dice que don Alonso Quijano “…en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada; pero con todo, comía la Sobrina, brindaba el Ama y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”. Para mí éste es uno de los mejores ejemplos de la acidez cervantina, esa en la que el realismo y la imaginación chocan como dos trenes descontrolados. En todo caso pensaba que los agentes de seguros apenas conocerían algo sobre la herencia de Alonso Quijano, aunque no les vendría mal para convencer a la gente de que su muerte podría generar la alegría en otros, incluso de que si su generosidad era extrema podrían dejar en esta tierra rica a la familia, mientras que ellos se irían satisfechos al otro mundo, a ese en el que de nada sirven las pobrezas del esclavo ni las riquezas del Faraón.

Veía a mi amigo sonriendo con sus tétricos colegas. Los veía tétricos cuando los imaginaba de agentes de seguros, y si pensaba que era financieros o especuladores como aves de rapiña. Gente blancuzca, pulcra, egoísta, cruel. Ellos también tenían el mantel lleno de copas con vinos variados. Los estaba mirando cuando percibí que mi amigo se había dado cuenta de que estaba fijo en ellos, y me hizo un gesto de excusa que indicaba que pronto volvería. Pero le contesté, abriendo las manos, que no importaba, que siguiera departiendo con ellos, que comprendía que eran amigos antiguos y que nosotros íbamos a estar juntos toda la tarde. Él me respondió con una mirada complacida.

La verdad es que me sentía muy bien observando la armonía del vino y la luz. Y por tanto seguí investigando el mundo de matices que ese encuentro creaba. Miré la derrota de un vino pálido en la mesa de al lado. La luz, en verdad, había anulado su color hasta el punto de que la copa parecía tener agua, y sólo cuando la invadía una sombra, el cuerpo del camarero, una mano o una botella cercana el vino amarilleaba. Lo estaba bebiendo una mujer. Reparé en ella nada más entrar porque se parecía Ingrid Bergman, actriz que significó durante una época de la adolescencia mi modelo de mujer. Además de la sensualidad de su mirada me encantaban las ondulaciones de su cabello. Su peinado me recordaba al de una dama blanca que pobló mis sueños infantiles. Era una musa nórdica y se llamaba Sigrid, la novia del Capitán Trueno. Soñé tantas veces con ser el capitán Trueno, con rescatar a Sigrid de los moros y perderme con ella por los mares más lejanos y peligrosos, con librar batallas decisivas encomendado a sus rezos, a su protección que durante esa época formaba parte del mural de mis iconos profundos, y si tenía que aprobar un examen por ella lo hacía, y si debía solventar una prueba atlética a ella me encomendaba, y si alguna agria disputa me encendía el ánimo a ella regalaba mi futura victoria o en ella enterraba mi inevitable derrota. Al ver a aquella mujer entregada al vino pálido, al juego de luces y sombras que la luz del sol creaba sobre sus cabellos muy ondulados, Sigrid resucitó de mis viejos sueños para volver a vivir en un momento perdido.

Ingrid Bergman apresaba su copa con dulzura. Mientras la llevaba a sus labios rojos el vino parecía darse cuenta. Su palidez se convertía en rosada espuma que contrastaba con su blanquísimo rostro. Viéndola beber recordé unos versos de Lope de Vega: “La garganta era tan bella, que en la blancura que pinto, si bebiera vino tinto, se viera el color por ella”. Ingrid bebía vino blanco pero he de decir que por la blancura de su garganta se veía pasar el oro pálido del vino.
La luz, el vino, la amistad, la nostalgia del amor infantil o adolescente, el tiempo lento como un tren sin fuerza, el aire lleno de rayos de sol y sombras hermosas, las palabras dichas sin dolor o venganza o miedo o cruento reto, la palabra callada en lo amargo y viva en lo hermoso, la conversación que fluye fácil y el vino que protagoniza un silencio en el que todos saben que ayuda a la felicidad. La luz, esa luz que aborda el vino antes de que nazca la uva, que lo desarrolla y convierte en belleza, que lo abre a la vida. La luz consigue que llegue un momento en el que vino sea una vida, o la propia luz, incluso que los destellos del mantel se integren creando un haz luminoso que se dirige a los ojos de Ingrid Bergman para volverlos todavía más brillantes. Más todavía que aquella noche cuando se despidió de Rick en el aeropuerto de Casablanca. “Siempre nos quedará París” pienso mientras me quedo sumido en la belleza del vino y de Ingrid. Siempre nos quedará el vino pienso cuando recuerdo buenos y malos momentos que esperan que el vino los ensalce o los dulcifique.

Regresó mi amigo de su breve excursión por el pasado. “Perdona”, dijo, “son viejos colegas del Colegio Mayor, hacía mucho tiempo que no los veía, son agentes de bolsa, trabajan aquí al lado. ¿Te has aburrido verdad?”, terminó diciéndome. “No, nada, nada”, le contesté, “he estado con Ingrid Bergman”.










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