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LA SOMBRA DEL AMOR

12/02/2012

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Los que ya vamos siendo viejos teníamos más huesos que carne. Una barba selvática escondía las mejillas para poder sentir la fuerza libre de la naturaleza. Nos alimentábamos de utopías sedientas. Eran viandas sin grasas o sueños sin materia que mantenían nuestro cuerpo estilizado. Yo quería parecerme al poeta Jhon keats. Los ojos hundidos, las mejillas hundidas, las manos hundidas en la vida, oh ven a mí tristeza, alójate en mi frente como hojas pisadas que el barro del otoño guarda. El mundo siempre ha sido un verdugo para la inocencia. Una beca suculenta, un colegio universitario, mi padre era un guarda que perdió su tienda de porcelanas en aquella crisis que mató al carbón y rescató al petróleo. El petróleo, zumo negro, la historia oculta, lo más cercano a una eternidad que se toca. Eran los cincuenta del pasado siglo.

El cura llegó una noche al colegio para dar una conferencia. Gordo, ojos pequeños, labios serenos, gafas grandes que habían traspasado páginas de miles de libros en bibliotecas penumbrosas. Olía a hambre y barro. Tenía una ausencia espiritual, como si hubiese muerto en su corazón el tiempo de las dudas. Lo conocíamos de los periódicos y la tele. Era un cura de esos de corazón franciscano, de los que diría el Papa hacen perdonar los pecados colectivos. Mientras hablaba mi mente iba proyectando una película en la que Jeremy Iron abraza a un indio pequeño, desolado, atrapado en su mundo. El cura, que también era jesuita, no se parecía a Iron porque era más real, porque tenía ese cutis femenino que tienen los curas, la frente despejada, la dicción suave, melodiosa, paternal, algo enigmática. Y si es verdad lo que dicen, que en la mirada puede verse la verdad profunda, en la suya había tanta bondad que para sentirla sólo era necesario dejarse seducir por sus ojos.

Huyó de las sacristías para seguir a Jesús en los suburbios. Tomo esa decisión de algunos católicos, esos que se anclan en los evangelios y desde ahí se olvidan de las retóricas de los concilios o los ornamentos de la grandiosidad. Con cincuenta tacos, plenipotenciario en lo humilde, harto de salvar almas poderosas, se fue al Pozo del Tío Raimundo, allí donde vivían los andrajosos, los malolientes, allí donde el Sermón de la Montaña podría salirse del papel biblia para convertirse en luz eléctrica matando las penumbras, asfalto pulcro o pan que se gana con el sudor, y no con la caridad de quienes se tapan las narices porque huele a pobre. Su oficio era el amor. Sí, como el de esas monjas que escuchan el último aliento de los ancianos. Hace diez años que murió el padre Llanos. Pero de él queda la sombra de su amor. Un amor sin apellidos. Un amor que todavía se aloja en el corazón del tiempo.

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