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ELOGIO DE LA VEJEZ

09/07/2011

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Dondequiera que vayas te perseguirá el tiempo. Y el tiempo será la vara de medir de la vida. Dentro del tiempo no cesará el movimiento de todo hacia su propia extinción. Hasta el inmenso universo, en el que somos menos que un grano de arena en el desierto, se extinguirá y no sabemos si algo, alguien, pensará que todos esos fuegos en el espacio merecieron la pena. Incluso si la propia evolución hasta un ser inteligente mereció la pena. Quizá. Somos el tiempo. Una milmillonésima parte de una milésima de segundo en la extensión del tiempo. Y en el tiempo hay un principio y un final. Si no fuera así todo entraría en una aburrida permanencia que haría la propia realidad inviable. Si no nos hiciésemos viejos, si no muriésemos, la vida sería una condena sin expectativa, un lance eterno en el que jamás existiría la esperanza del fin. Así que nos hacemos viejos. Menos mal.

Un día sentimos que la vejez nos guía. Nos miramos al espejo y vemos que está con nosotros. Y con ella vienen todos los achaques que las propias cosas obtienen con el tiempo. Se van destrozando. El cuerpo se va destrozando. Y sentimos los efectos del destrozo inevitable. Sin embargo, aún dentro de esa carencia, no es la vejez una especie de liquidación de la vida. Tampoco una larga despedida enquistada en la tristeza. Al contrario, la vejez es un estado de la existencia, que como todos, también tiene sus ventajas y puede aportar por supuesto indudables satisfacciones.

Seneca nos dice que la vida es más agradable cuando comienza a decaer y no ha llegado a la decrepitud. Nos dice que en muchas situaciones se guarda lo bueno para el final. La fruta es más jugosa cuando comienza a estar madura. El postrer sorbo, la penúltima calada, el penúltimo beso tienen la esencia más plena. Porque nadie es tan viejo que no pueda aguardar un día más. Ese día que completa la vida, que se puede vivir con más fuerza porque uno es más consciente de lo que puede perderse. El famoso adagio latino nos dice que hemos de vivir cada día como si fuese el último: Carpe diem.

El gran Shakespeare escribió al final tres de las historias más hermosas que se han escrito. El hombre que describió como nadie las pasiones humanas, al final de su vida, en La tempestad, el sueño de una noche de verano y Cuento de invierno, creó un mundo de magia y fantasía. Son tres maravillosas historias llenas de comprensión, serenidad y sabiduría.

El tiempo es una túnica que nos envuelve hasta que nos difuminamos. Pero mientras tanto la vida interior es cada día más rica, serena e imaginativa, como en esas obras de Shakespeare. Porque se siente que hay más vida dentro. Toda la que se ha ido quedando a vivir con nosotros durante el largo viaje.



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