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EL ESPEJO DEL ALMA

06/03/2011

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Veo dos fotografías de Amparo Muñoz. En una la luz de la vida rezuma por sus ojos. Se expande más allá del papel como diciendo que el sentido profundo del ser puede estar en la belleza. Sonríe como una musa que esperara al poeta de sus sueños. Encima de la cabeza, sobre un cabello negro y lánguido, tiene una corona de diamantes que crea un brillo destellante que avasalla la penumbra de la fotografía. Entonces acababa de ser declarada la mujer más bella del mundo. En sus labios, en sus dientes perfectos, alineados con la dulzura que presume un mordisco suave, aparecía una sonrisa adolescente. Todavía la pureza de los inicios estaba quieta en su semblante. La juventud, como una tormenta de vida, la envolvía. Los labios delgados, perfectos, pintados de un rojo suave que apenas muestra la sensualidad, son los de una princesa que siente pudor porque el destino la ama demasiado.

Un ligero verdor se aloja en sus pupilas. Un blanco de nieve no domesticada se expande por su rostro. Las cejas, curvadas con dulzura, algo anémicas, apenas molestan a los ojos. Se insinúan tan sólo en la frente. Son dos trazos de sombra que un artista hace para demostrar cómo se envuelve una mirada sin esconderla. Las pestañas, muy densas, tienen leves rizos. Se sortean en pequeños grumos oscuros que dan profundidad a su gesto. He aquí el rostro de Artemisa, de Afrodita, de cualquiera de las diosas que los antiguos imaginaron en los Campos Elíseos que esperaban más allá de la muerte.

Esta mujer fue un icono de la belleza. Nuestra Marylin imposible. Como ella, apareció por películas que pretendieron exprimirla hasta dejarla seca como una naranja derrotada. Aunque a diferencia de la americana, que trabajó en alguno de los clásicos del cine, de nuestra Amparo no recuerdo títulos grandiosos, y me vence la pereza para entrar en Google y recuperar lo que mi mente no ha sido capaz de retener.

Y debajo de esta fotografía hay otra más actual, cercana al día en el que un cáncer la sacó para siempre de los laberintos del mundo. No quería morir. Le dijo a su biógrafo que se resistía a marchar. Pero el destino dictó sentencia y reclamó su cumplimiento. En esta segunda foto Amparo tiene el tiempo clavado en la cara. Los excesos de una vida sin límite están en los ojos desterrando la belleza. Las malditas drogas han arrugado su piel. Han masacrado su sonrisa. Han agriado su dulzura. La han invadido como un dardo de veneno. Han destrozado la belleza sin piedad. Aquello que la naturaleza creó con esmero naufraga ahora sin temple. Hay un océano de heroína, cocaína, angustia y muerte en su mirada. Deberían poner estas dos fotografías en los colegios. Para que los jóvenes vean donde está el verdadero dolor de su futuro

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