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EL MONSTRUO DEVORADOR

28/11/2010

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Siempre ha habido una guerra entre el dinero y los sueños. Cuando digo sueños me refiero al deseo de la utopía. Justicia, igualdad, fraternidad, felicidad… Y cuando digo dinero me refiero al deseo de someter a los otros. Egoísmo, ambición, materialismo, crueldad…Y aunque pueda parecer que el dinero ha ganado casi siempre, no es cierto. Recuerden a Jesucristo: “Es más fácil…”. Recuerden a los economistas históricos alemanes que impulsaron, en el imperio de Birsmarck, a finales del XIX, el seguro de enfermedad. Recuerden aquel Maastricht de la UE, cuando se aprobó el principio de la cohesión. Allí se ganó la mayor batalla que se haya librado jamás contra la pobreza después del “New Deal” de Roosevelt. O recuerden también los informes de Beveridge que, a principios de siglo, favorecieron el Estado de Bienestar en Inglaterra, donde Charles Dickens contó mejor que nadie el dolor de la pobreza. No, no ha ganado el dinero siempre.

Ahora sí que gana, y por goleada. Un Ente fantasmal, anónimo, al que llaman mercados internacionales, dicta la ley. Y la ley es sólo una, la deshumanización de la economía. Si en China y otros países asiáticos trabajan niños esclavos cosiendo camisas que inundan los mercados globales, fijando los precios, sucede que en Europa ya no se pueden fabricar camisas ni otros muchos productos. Porque aquí las hacen obreros con seguridad social, desempleo y educación gratuita. Esta situación aumenta el déficit en la balanza de pagos, nos endeudamos y entonces los mercados financieros nos dicen que no podremos pagar si no reducimos el bienestar, que nos hace menos competitivos. Ésa es la ecuación. El dinero siempre ha querido destrozar los sueños hermosos.

Y lo está consiguiendo, como nunca, porque está destronando a la política. Le quiere quietar la utopía. Recuerden aquello de Kennedy: “He tenido un sueño…” Quería extender la educación por el mundo, ajustarle las cuentas a la pobreza. No hace tanto tiempo. Pero ahora ese sueño se hunde en telarañas, porque nadie obliga a que esos países tan competitivos, con esclavos por obreros, mejoren el nivel medio de vida de sus habitantes.

En Europa Occidental están las sociedades más justas, o menos injustas, de la historia. Día a día nosotros y nuestros hijos nos estamos beneficiamos de esa realidad. Por supuesto no se consiguió la utopía, porque es imposible. Pero es persiguiendo lo imposible, como dijo un sabio, como se consigue lo posible. Recuerdo que una vez Helmut Khol y Felipe González, uno de derechas y otro de izquierdas, cogieron al monstruo del mercado por el cuello y le obligaron a humanizarse. Ahora anda suelto y quiere comerse los pocos sueños que quedan en pie. Lo hará si nadie lo remedia.



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