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Cristo

13/04/1995

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Conocí a Cristo hace años, creo recordar que diez o quince, ya cuando uno se aleja se desperdigan los recuerdos y las fechas se van yendo a una especie de zaguán en donde todo se amontona. Me lo presentó un amigo cordobés con el que coincidí en el Madrid universitario del franquismo y juntos llenamos nuestra juventud de cerveza, libros y tumultuosas discusiones religiosas que dejaban su invencible duda quieta sobre el alba. Me invitó, más tarde, a visitar su tierra, en el abril evangélico y seco de las profundas procesiones. Yo, desde siempre, era poco asiduo a las liturgias, y pensaba que donde habita lo auténtico sobran orlas, representaciones, envolturas ficticias que hieren la maleza de lo exacto.

Sin embargo, crucé despeñaperros con los turistas y los andaluces que volvían a perderse en los naranjos. Y llegué a Córdoba, intrigado por ver la imaginería católica reinando entre arabescos, ese murmullo espiritual del sur que se crece en el abril más poseido de la tierra. Al vernos, nos dimos el abrazo del recuerdo, y cenamos en un mesón bullicioso y milenario, atestados de calor, pues de aquellos días aún recuerdo que las piedras de Córdoba hervían con la caida de la tarde. Nos dieron las prisas cuando iba anocheciendo, y casi con el café ardiendo entre los labios, nos fuimos al oírse los tambores, al encenderse la liturgia entre la selva de geranios. Mi amigo tenía a gala ser cristiano auténtico, como si fuera posible lo contrario, y aunque no vaticanista, era decoroso con las formas obispales; no le hacía ascuas a sotanas, ni a la lectura de las encíclicas o a ese olor a incienso que calienta la humedad de los templos.

En aquella época, Córdoba bostezaba en el regazo de un alcalde comunista; tenía el rojo encrespado en los balcones, y además, paseaba con orgullo sus imágenes católicas por las estrechas callejuelas, vibrando en un Dios herido en la pobreza, asomando sus espinas más allá de la tristeza y mostrando a las gentes esa íntima belleza del dolor. Mi amigo, me llevó hacia la multitud, me introdujo en una muchedumbre hipnotizada por las trompetas y el brillo aterciopelado de los nazarenos, silenciosa ante el lamento de las saetas, aplaudiendo la extrema tristeza de quien dejaba correr en su rostro lágrimas de sangre por la vieja desventura de los hombres. Una multitud hechizada en la solemnidad de la muerte y la esperanza. Cuando se alejaron las imágenes, quedó vibrando en el aire espeso el réquiem elemental de los tambores.

Más tarde, nos fuimos a una plaza íntima escondida entre faroles que parecían acostarse en la nostalgia. Y allí me presentó a Cristo. Reinaba una intensa penumbra que envolvía todo en una cálida certidumbre y estaba sentado en una fuente verde. Me contó la vieja historia que en la infancia hube de aprender a testarazos, bajo la herética oscuridad de las sotanas. Y la sentí distinta, más cercana, más de este tiempo, algo agnóstica al cabo, dolida con los siglos. Tocaba el agua con los dedos mientras iba conversando. En aquella edad, en aquella plaza blanca, en aquella melancolía de las esquinas, comenzó a tener sentido todo, el dolor de la cruz, la esperanza, el recuerdo de los siglos, esa victoria azul sobre la muerte.

Y desde entonces Cristo conversa conmigo a menudo en mi conciencia, paseamos juntos, se me ha metido en los secretos más inconfesables de mi casa. A veces le reprendo, y me reprende, le pido explicaciones por aquello que no entiendo, y nunca me constesta, mueve la cabeza, azorado, sin más respuesta que una mirada compasiva. Ya somos viejos amigos que mutuamente se perdonan. Nos enfadamos, reñimos, abrimos los brazos cuando parece erigirse un muro entre nosotros. A veces me susurra que en un lejano estanque existe la esperanza. A mi amigo de Córdoba, que llenó una oscura y vieja soledad, sin embargo, desde entonces, no lo he vuelto a ver, no sé quizá si aún enerva su bandera, y cada Semana Santa, me digo que debiera ir a visitarlo.

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