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VEJEZ

14/11/2009

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Así es que la vejez era esto. Mirar hacia atrás con unos ojos comprensivos y serenos. Pensar a veces en la soledad mientras recordaba haber vivido en el bullicio de una vida insaciable. Ver el destino cumplido. Un destino que hace muchos años fue un presentimiento, una luz o una sombra, acaso sólo la esperanza de ver unos sueños realizados. Cuando aquel hombre era un adolescente nunca quiso saber que existiera la vejez. Tampoco en su juventud pudo acaso imaginarla, y llegó a creer, como todos, que la vida nunca se gastaba. No sentía que el tiempo tuviera velocidad, que pudiera avanzar como una nave perdida por sus propias venas. Pero un día se miró al espejo y se dio cuenta de que había envejecido. Así es que la vejez era esto, se dijo mientras sentía que sus ojos ya tenían una mirada distinta, una retina más sólida. Y sintió que por primera vez el pasado se levantaba por su mente como un ser que nace de nuevo con el mismo rostro de siempre. Hasta aquel día no se había dado cuenta de que el tiempo iba poco a poco creando una nueva realidad en su cuerpo y en su mente. Durante toda su vida se había acostumbrado a no creer en otra cosa que en una juventud perenne. Era esa juventud eterna que el mundo en el que vivía le había obligado a creer. Y bien que se lo había creído. Por más que cumplía años siempre encontraba la forma de mantenerse igual. Ropas, anuncios, cremas, deportes, todo le envolvía en la satisfacción de una victoria social sobre el tiempo. Hasta que un día se miró al espejo, con unos ojos muy sagaces, y se dio cuenta de todo aquello que le contaban era superficial. Estaba viejo. Así que la vejez era esto, se dijo, y comenzó a pensar en todo lo hermoso que había vivido, y en cómo eso creaba una profunda satisfacción en sus entrañas, y en cómo lo triste se perdía, le costaba recordarlo. Ya estoy viejo, se dijo, y tampoco es una hecatombe, porque siento que la vida es algo más que la juventud, algo que vibra dentro de mí más allá de la edad. Así es que la vejez era esto, se dijo mirándose al espejo, feliz por contemplar su rostro verdadero. Y salió a la calle, orgulloso, porque por fin sabía quién era.

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