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El aguinaldo

24/12/1999

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Mi infancia son recuerdos de una larga y fría Navidad, un paseo perdido entre la bruma, una calle angosta que llegaba hasta las peñas del cielo. Mi infancia es el sonoro recuerdo de las botellas de anís en la noche, las zambombas de ostentosa vagancia, el rasgar de las ásperas carrascas, las canciones perdidas en el véspero frío. Belén, Belén, campanas de Belén. Nos juntábamos cuando entraba la noche. La niebla rodeaba la conjura. Labios fríos, cuellos escondidos en bufandas, manos ocultas por guantes... Preparábamos el recorrido por los barrios, primero San Gregorio, luego las lindes del paseo hasta acabar en la Fuente Agria con los bolsillos llenos de monedas. Pero mira cómo beben los peces en el río. Las canciones levantaban el frío de los huesos. El calor de las dádivas presentidas encendía húmedas sonrisas. Los instrumentos rudimentarios se peleaban con otras orquestas vagabundas que invadían el barrio, que guerreaban haciendo sonar sus carrascas con locura. Dime niño de quién eres, todo vestidito de blanco, dime niño de quién eres.

Éramos una banda de invierno llamando a las puertas. Dame el aguinaldo carita de rosa que no tienes cara de ser tan roñosa. Las puertas se abrían y nos saludaban unos rostros felices. Nos trataban como a los heraldos de una batalla victoriosa. Comíamos sus dulces, bebíamos sus licores, devorábamos los pestiños, los polvorones, los bombones oscuros, todo ordenado en una pulcra bandeja orgullosa de su abundancia. Cantábamos un minuto, hasta que la dádiva se hacía presente. Unas cuantas monedas que calentaban la helada faltriquera. Belén, Belén, campanas de Belén, que los ángeles tocan, qué nueva me traeis.

Después descendíamos las callejuelas que desembocaban en el paseo de San Gregorio, en el margen del cerro de Santa Ana, deteniéndonos en las puertas que recordábamos generosas de años anteriores. El rito calentaba la bruma nocturna. Las luces del paseo parecían parpadear, como si fuesen aplausos destellantes en la lejanía, bises luminiscentes del tiempo. Carita morena, dame el aguinaldo. Belén, Belén, campanas de Belén. Las mujeres sonreían con ternura, se alisaban los mandiles, ordenaban el rímel de la noche y aguantaban estoicas la fugaz y chirríosa serenata.

Casi a las diez llegábamos al paseo con la bolsa rebosante. Dábamos una vuelta por los puestos de fruslerías, por las tiendas rudimentarias que se habían asentado como jaimas del viento en el regazo de los árboles para vender objetos navideños, bromas impías que reinarían en el día de los Santos Inocentes. El Licor 43 endulzaba nuestros cánticos perdidos, descubría ruidosamente un amor solidario en la pobreza y bajo los sones multitudinarios del Concierto de Aranjuez nos abrazábamos heridos de una sensación de amor que nunca comprendíamos.

En el paseo nos fundíamos con otros grupos de ruidosos peticionarios. Nos internábamos en el tumulto de la Nochebuena, saludando gentes desconocidas, todos ebrios, disponiéndonos a seguir después de la cena hasta la fría madrugada, esa que vendría con la niebla rota por las luces, vestida por las canciones colgadas de los árboles, oliendo a coñac y a ginebra con un rastro de sucios polvorones por el suelo. Belén, Belén, campanas de Belén.

Antes de ir a la cena familiar repartíamos de manera proporcional los frutos del aguinaldo. Las grandes melias del paseo, las majestuosas palmeras, los prunos retorcidos, las sofras abundantes, el niño meón, las celosías de los arcos, la estatua del marqués, el pabellón de la música, el balneario desvencijado que había sido húmeda cárcel, el reloj que se elevaba enfrentándose a las fuentes de colores, todo, todo, todo nos miraba viendo cómo repartíamos el botín, esas monedas llenas de grasa, pegajosas de alcohol y de niebla.

Al fin nos volvíamos a casa oyendo la inercia de una música conocida. Mi infancia son recuerdos de un paseo que ya no existe, de un veinticuatro de diciembre entre la bruma, de unos rostros que a veces veo y que ya no son los mismos.


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