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16/08/2009

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De todo cuanto odio de la publicidad –sobre todo su absoluto vasallaje de la apariencia- lo que más me molesta es cuando usa los sueños de la gente para vender cualquier abalorio o utensilio cotidiano. Y no lo hacen de higos a brevas, al contrario, lo hacen ya de una manera tan habitual que la tradicional excepcionalidad que tienen los sueños se la han cargado a base de machacarlos con anuncios atrevidos. Un sueño es algo que roza lo utópico, algo que nos mueve las vértebras profundas del deseo hasta casi conseguir que seamos esclavos de su posibilidad o su imposibilidad. Uno se pasa la vida acumulando sueños, la mayor parte de ellos imposibles, porque la propia vida es rácana con ellos y está especializada en destrozarlos. Pero no importa, nuestra excepcional capacidad de supervivencia síquica consigue que los vayamos cambiando. Y por eso vamos creando sueños nuevos que sustituyen a los perdidos. En todo caso, lo que realmente ocurre, es que jamás perdemos nuestra capacidad de soñar. Es decir, de desear algo que realmente no tenemos y que nos haría enormemente felices conseguir. Nuestro cerebro está acostumbrado a jugar a ese juego, renace y olvida sueños, y por eso, como decía, puede hacer que tengamos casi siempre una aspiración por algo. Pero esta capacidad cerebral se la quieren cargar los publicistas. Utilicemos los sueños de la gente para venderle artilugios estetizantes o coches o viajes en yate o qué se yo, el caso es que banalizan lo admirable de lo soñado para conseguir al final que nos compremos un utensilio absurdo que jamás nos quitará la prominente barriga. O que vayamos a una isla paradisiaca a hacer de robinsones con varios miles de personas que también buscan lo mismo. Los tipos estos cogen un sueño, le quitan su utopía y te venden una cuchilla de afeitar. Te ponen enfrente a la mujer soñada para venderte un triste utilitario en el que jamás se montaría la mujer soñada. Qué poco respeto a nuestra alma, porque como decía Platón, los sueños nacen del alma. Son una reminiscencia de cuando éramos parte de la esencia del universo. En fin, que habrá que soñar cuando a uno nadie le vea, porque andan los mercaderes por ahí en busca de sueños perdidos, para convertirlos en folletos publicitarios. Si levantara la cabeza Calderón ya no diría que la vida es sueño. Diría que la vida es un anuncio.

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