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CUMBRES

24/05/2009

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Quiero morir en el Kangchenjunga. Podría ser el inicio de una novela dramática. Una historia que comienza con la muerte. Una inmensa novela que ya desde su primera frase engancha al lector (algo imprescindible en toda buena historia) y luego, palabra a palabra, metáfora a metáfora, quiere que no deserte y sienta rabia cuando al llegar la noche tenga que dejarla para dormir. Quiero morir en el Kangchenjunga es un principio impresionante. Nos viene a decir que hay algo en esta vida que tiene el inmenso poder de ser más fuerte que la propia vida, que el respirar, y por eso cuando uno lo siente quiere ya morirse, por si acaso se queda grabado en las entrañas para siempre y no desaparece en el cambiante tránsito de la existencia. La novela, la novela que así comienza, nos habla de algo que es más poderoso que el materialismo, que el egoísmo, que el miedo profundo que habita en la vida y nos revuelve el estómago cuando pensamos en la muerte. Es algo que se siente a ocho mil metros de altura, cuando uno toca un sueño con los ojos y un perdido placer le invade hasta el último rincón más hondo de los músculos, y ve, desde esa cumbre, la majestuosidad de las montañas lejanas y el vacío azul de un cielo misterioso. Ya he llegado, se dice. Por eso salen esas palabras. Quiero morir en el Kangchenjunga. Cuando el sueño vence, vence también a la vida. La vence dándole sentido. Por eso vemos gente que sube a las montañas más altas. Y nos preguntamos por qué, si allí no hay nadie, sólo nieve, frío, viento, ausencia. Pero allí está su sueño. Allí saben quiénes son, para qué están aquí, hacia dónde caminan, por qué van hacia las cumbres más altas de la tierra en donde quizá existe el primer rastro de un dios esquivo y silente. Oiarzabal me dijo un día que subía a las cumbres para beber un vaso de vino y tocar a dios con los dedos. Desde la soledad más absoluta, todo tiene otro sentido, tan profundo, que hace desear la muerte, y luego esquivarla, para sentir que tiene sentido la vida. Edurne no murió en el Kangchenjunga. Sólo escribió la primera frase de una novela que tiene como protagonista al alma humana, esa que aquí abajo se esconde, no se muestra, y sólo sale libre cuando visita las cumbres más altas de la tierra.

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